[Versión 0.1]
Micelio: (sustantivo derivado del griego mýkēs, seta, hongo). Bot. Tejido rizomorfo de los hongos en forma de talo, constituido por filamentos llamados hifas. El micelio puede ser compartimentado y ramificado o simple y sin tabiques. Según su crecimiento, se distingue entre micelio aéreo y vegetativo. Los micelios aéreos crecen hacia la superficie externa del medio creando orgánulos reproductores. Los micelios vegetativos crecen hacia abajo y se encargan de la absorción de nutrientes.
“Ser rizomorfo es producir tallos y filamentos que parecen raíces, o todavía mejor, que se conectan con ellas al penetrar en el tronco, sin perjuicio de hacer que sirva para nuevos usos extraños. Estamos cansados del árbol. No debemos seguir creyendo en los árboles, en las raíces o las raicillas, nos han hecho sufrir demasiado. No hay nada más bello, más amoroso, más político que los tallos subterráneos y las raíces aéreas, la adventicia y el rizoma. Amsterdam, ciudad totalmente desenraizada, ciudad-rizoma, con sus canales-tallos, donde la utilidad se conecta con la mayor locura”
Gilles Deleuze y Félix Guattari[1]
DEL AMOR ENTRE ESPECIES. INTRODUCCIÓN
1. Filamentos huecos cilíndricos enrollándose como cuerdas para crear universo. Como el micelio, la masa de hifas que compone bajo tierra el sustrato del hongo. Evolución lateral de la política, que la hace asemejarse a las setas. Precoz, primaveral proliferación fúngica de acampadas desde el 15 de Mayo, extraídas por nadie en particular desde el blanquecino y vaporoso tejido subterráneo, así como brotan en círculo los “anillos de hadas”. Y una vez en la superficie, entre lonas y carpetas repletas de papeles, agitación bajo el sol en el ágora. Deformaciones, contorsiones en la cavidad de este planetario tanque atmosférico de aire viciado, que exuda la vida desde el fondo marino y los estratos. Es ésta la acción plástica resuelta a prolongar, en el brotar de las formas, tanto la fuerza como la cualidad de la potencia del cultivo que le es propia.
2. Aprender de los hongos. Ver el mundo como ellos. Durante demasiado tiempo hemos primado el enfoque de los círculos y las verticales: Dios y sus mortales, el ciudadano y el estado, el individuo y su medio, el cura como pastor de las almas, el partido como sujeto del movimiento. Mil millones de años atrás los hongos se adentraron en la tierra virgen y prepararon el terreno para la aparición de las plantas y los animales. Hicieron de esta tierra un “océano”, del yermo algo vivo, al enriquecer el suelo con sus cadenas celulares. Debemos de ser capaces de carnavalizar nuestro pensamiento; inversión de lo cotidiano, el Norte en el Sur y el burro vestido con la ropa del Papa. Buscar otro nombre para el planeta que habitamos; en vez del “globo terráqueo” llamarlo por ejemplo el “globo oceánico” o la “esfera climática”. Visto desde fuera, es más vaporoso y azul que marrón y verde. El micelio, aéreo y vegetativo a la vez, puede ayudarnos a celebrar de nuevo las bodas del cielo con la tierra. Al vernos desde la perspectiva de los hongos, pronto dejamos de estar con la cabeza en el cielo y andar con los pies en la tierra. Todo se invierte y transforma. Descabezados, desparramados en redes, caminamos sobre las aguas, densamente cargadas de sales, fosfatos, minerales. Nos convertimos en un territorio ondeante. Habitamos con paso tranquilo, pisando en firme sobre turbulencias ni siquiera advertidas: “Si fueras un organismo diminuto en el suelo del bosque, estarías enredado en un carnaval de actividad, con el micelio constantemente moviéndose como olas celulares a través de paisajes subterráneos, con las danzas de las bacterias y la natación de los protozoos, con los nematodos echando carreras como ballenas en un microcósmico mar de vida”[2].
3. Un día fuimos hongos. Hace seiscientos millones de años nuestros antepasados más remotos capturaban los nutrientes al envolverlos en sacos celulares, que desde nuestra perspectiva al uso interpretaríamos como “estómagos primitivos”. Pero, por sí mismo, el micelio jamás dio forma a aquello que nosotros conocemos como un organismo. Pensando como lo haría el micelio, podemos afirmar que la avispa es el órgano sexual de la orquídea, o que los hongos son los aparatos digestivos de ciertas orquidáceas, pero ¿qué clase de organismos serían éstos? Sabemos que el término organon fue tomado de Aristóteles, quien a su vez lo hizo migrar desde el campo semántico de los músicos y los artesanos para explicar la funcionalidad de las partes vitales. Hay que tomarse en serio esta conexión, simbolizada por tal término, entre la naturaleza y el arte, la vida y la técnica[3]. Entonces los organismos podrían dejar de ser representados como un círculo, expresión de una esencia interna ―el molde, el genotipo, la autenticidad, el verdadero yo― que se relaciona con una exterioridad que llamamos el medio.
4. Estamos acostumbrados a visualizar los cuerpos vivos así como la zoología comprendía a los animales: seres externamente delimitados, discretos, de precisas fronteras, claramente recortados de su entorno, con capacidad de moverse en su medio propulsados por un motor propio[4]. Sólo de esta manera puede ser identificado el organismo con el círculo, o puesto en tres dimensiones, con la esfera. Todo cambiaría si el grafismo utilizado fuese en cambio una línea con una punta para marcar una dirección; si dijésemos, esto es un ser vivo, una flecha, un vector, una línea de fuga: “En esta representación no hay un adentro y un afuera, y tampoco una frontera separando los dos dominios. Lo que hay es un trayecto de movimiento o crecimiento”[5]. Cada trayecto sería una relación. Pero esta flecha no señalaría la relación que se da entre dos centros distantes, o entre un organismo aquí acotado y un medio ambiente que le es externo. La propia línea sería la vía por la cual la vida es vivida: “una hebra de un tejido de senderos que componen la textura o el mundo de la vida”[6]. El organismo sería pues el conjunto de flechas, la malla resultante de las líneas relacionadas. Si nos ponemos a dibujarlo, teniendo presente que las flechas son heterogéneas y que por tanto proceden de localizaciones diversas, comprobaremos como el pictograma recuerda mucho en su forma a una maraña de micelio.
5. La orquídea, para vivir, debe crear un cuerpo. Para crearlo ha de relacionarse con segmentos heterogéneos de lo que se llamaría el medio, pero que realmente son parte del ser de la orquídea en tanto que viviente (le vivant). La orquídea es parte de la malla que la hace posible, un concierto de órganos u organismo de mayor envergadura, técnicamente ensamblado. La avispa utiliza su técnica para extraer el polen y lo distribuye por el campo; el micelio entabla una relación micorriza, enchufa sus hifas en las puntas de las raíces vegetales, y le suministra a la planta sus nutrientes. Desde la perspectiva circular o esférica de la zoología, cada uno sería un organismo distinto animado en contraste con el medio. Desde la perspectiva del concierto de órganos, aquí no hay frontera entre el reino animal, el reino vegetal y el reino fungi. Las tres líneas, flechas o vectores de insecto, planta y hongo, hacen micelio para componer, en su agenciamiento, una musicalidad, un ritornelo, un cuerpo[7].
6. Se dice que para ser de la misma especie ha de existir, en el molde que fabrica en serie a los individuos, la posibilidad de que se reproduzcan. Pero, para germinar las orquídeas, necesitan ser amamantadas por los hongos, y para preñar sus semillas es preciso un ménage à trois entre la flor, la avispa y la tierra. Nada puede haber más hermoso, y no obstante tales monstruos han sido perseguidos con la mayor de las sañas. Cuando se legalizó en este país el matrimonio gay, la derecha más corta de miras se echó a la calle. Interrogados por los periodistas, los manifestantes no podían contener la repugnancia y horror que les inspiraba tal unión contra-natura: “¿Qué será lo siguiente, que se casen los hombres con las cabras? ¿Cómo puede alguien justificar la cópula de las peras con las manzanas?” En el Génesis está escrito que primero la tierra estaba en tinieblas, confusa y vacía, y que Dios creó el mundo poniendo fin a la confusión, dando a cada cosa su nombre. “El horror es un estado congelado del ser”, y también, “el horror es la pérdida completa del control práctico y mental”.[8] El horror a la confusión y a estas mezclas es causado por el olvido, o la incapacidad de aceptar que el amor siempre ha sido inter-especies. Esto es lo que aprendemos al observar las orquídeas, los árboles, las avispas o los seres humanos desde la perspectiva del micelio. Si aún queremos hablar de la naturaleza humana, habrá que decir de ella que es una relación entre-especies[9] (Ver capítulo III).
7. En el territorio de la política, estas imágenes, y el tipo de racionalidad tras ellas, pueden encontrarse en las revoluciones en curso. El sujeto político en las primaveras árabes, del 15M o de Occupy Wall Street, sólo puede ser comprendido en clave de micelio. Sus innovaciones discursivas y programáticas habrán de entenderse como una suerte de amor-entre-especies, que sin duda ha confundido e incluso exasperado tanto a los que se repartían en la izquierda como a los que lo hacían a la derecha. Se dice que el micelio de hongo más extenso está en Oregón, que mide cerca de diez kilómetros cuadrados y que empezó a crecer cuando moría la democracia ateniense y nacía el Imperio romano. El micelio político del animal humano, mucho más extenso, a momentos tremendamente denso y otros tan disperso, tiene una historia sin duda más reciente. La proliferación de acampadas y asambleas ha de entenderse como parte de su colonización aérea. Sigue creciendo, pero para datar su nacimiento habrá que interpretar sus manifestaciones, analizar las líneas que lo componen y de dónde vienen; o dicho de otra manera, historizar o hacer genealogía de sus agenciamientos. Posiblemente podamos encontrar precursores del micelio político en los nómadas, los piratas o los ludditas por ejemplo, pero tal y como lo conocemos, en su última mutación, esta cepa no tiene más que unas pocas décadas de existencia.
[1] Deleuze y Guattari, 2004, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Valencia, Pre-Textos, p. 20.
[2] P. Stamets. 2005. Mycelium Running. How Mushrooms Can Help Save the World. Berkeley, Ten Speed Press, p. 10.
[3] G. Canguilhem. 2005. “Sobre la historia de las ciencias de la vida desde Charles Darwin” en Ideología y racionalidad en la historia de las ciencias de la vida, Buenos Aires, Amorrortu, p. 157.
[4] T. Ingold. 2003. “Two Reflections on Ecological Knowledge” en G. Sanga y G. Ortalli, Nature Knowledge: Ethnoscience, Cognition and Utility. New York, Berghahn Books, pp. 301-311.
[5] T. Ingold. 2006. “Rethinking the Animate, Re-Animatin Thought” en Ethnos, 71:1, p. 13.
[6] Ibidem.
[7] Utilizamos el término agenciemiento (agencement) en el sentido de G. Deleuze y F. Guattari. “Agenciamiento: noción más amplia que la de estructura, sistema, forma, proceso, etc. Un agenciamiento acarrea componentes heterogéneos, también de orden biológico, social, maquínico, gnoseológico”. F. Guattari. 2004.”Glosario de esquizoanálisis” en Plan sobre el planeta. Madrid, Traficantes de Sueños, p. 153.
[8] T. Asad. 2008. Sobre el terrorismo suicida. Barcelona, Laertes, pp. 94 y 95.
[9] Véase, A.Tsing, “Unruly Edges: Mushrooms as Companion Species” en tsingmushrooms.blogspot.com (consulta: 10 de octubre de 2011); D. Haraway, 2003, The Companion Species Manifesto. Chicago, Prickly Paradigm Press.
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