Capitulo IV

4.2. DE OVEJAS ELECTRICAS Y DAMAS DE HIERRO.

9. Caminar ahora en una ciudad sin cielo. Buscar la noche en el día y el día en la noche. Cazar sombras para regar luces. Bajar y subir a la superficie, como topos hambrientos y en celo. Adrenalina y vértigo. Escarbar a través de cañerías, cloacas, cementerios y palacios de asfalto. El subterráneo a pulmón abierto, vomitando el vaho de la lluvia ácida. Sobre la piel el peso de la humedad atmosférica. Llevar como antorcha cicatrices de recuerdos, mareas de otros tiempos. El futuro hecho pasado, el pasado un sueño que vuelve, que se repite hasta desvanecerse. La metrópolis moderna estalla y se reformula, como hogueras en el viento, como naves de guerra ardiendo más allá de Orión. Mezcla de gases, ritmos, etnias y culturas. Se expande y engulle círculos y esferas. Se extiende como un virus implacable. Entre el humo y el vapor las fronteras se redefinen, las identidades se emborronan y se co-funden en una suerte de caótica fractalidad. Avanzar temblorosos entre la niebla. Capas y estratos, horizontes de suelo. Cyborgs leen manifiestos y se desnudan en pasarelas. ¿Quién es ciudadano, extranjero, humano o androide? Ovejas eléctricas trasquiladas en sueños. Su lana se exporta a cualquier galaxia del infierno, a cualquier ciudad del futuro. No desesperéis: la ruina puede ser el lugar donde todo empiece de nuevo. Elegid una postal de la distopía de Blade Runner, nación de turistas post-apocalípticos. Cualquier lugar es ninguna parte. No hemos visto nada que vosotros no creeríais… ¡Es hora de vivir!

10. La visión anterior se completaría, según Mike Davis, con la consolidación de un paradigma securitario que, más allá de la gestión entre límites estadísticos de los riesgos e ilegalismos, conlleva un extra de claustrofobia[1]. Cuando de nada sirve el control blando, flexible, quirúrgico y preventivo, se recurre al cercamiento en masa, el vallado de barrios reducidos a pura wasteland, sin más futuro que la cárcel y la policía, como las banlieues del extrarradio parisino, como las communities del Londres incendiario. Una tipología de suburbios condenados basada en la reconfiguración de un nuevo espacio de control, por el cual las tecnologías informatizadas de vigilancia y represión levantan sobre nuestras cabezas una “ecología del miedo” que discrimina entre incluidos y excluidos: el mismo cartel de estas No Go Zones, que para unos quiere decir “no entrar”, para otros –sus residentes– solamente puede significar “vertedero sin salida”[2]. Excedentes en terreno baldío.

11. Como veremos, el proceso de globalización, que se intensificaría en la década de los ochenta, especialmente con el fin de la Guerra Fría, retroalimentaría a su vez el proceso de urbanización global, dado que éste depende en buena medida de la movilización del producto excedente. Así, “la urbanización ha desempeñado un papel crucial en la absorción de los excedentes de capital,  a una escala geográfica cada vez mayor, pero al precio de un proceso de destrucción creativa que ha desposeído a las masas del derecho a la ciudad”[3]. Nosotros, amantes de las profundidades, allí donde la vida crece, nos colaremos en cualquier metropolitano, recorriendo sus líneas y tubos, sus puntos marcados sobre flechas y mapas inacabados. Descubriremos que París ya no está en París, ni Madrid termina en Madrid. La région parisienne o el “área metropolitana” madrileña son trazos de un devenir metropolitano del ser-en-todas-partes. Las primaveras árabes, el #15M y Occupy Wall Street se traducen y rebotan como ecos virales a través de una red global interconectada. En este devenir, asistimos a las transformaciones de los modos de vida y a las variaciones en las formas de la política contemporánea. Los cambios en las formas de trabajo tendrán su correspondencia espacial y temporal en las mutaciones de las ciudades. La ciudad será al postfordismo, dirán algunos, lo que la fábrica fue al fordismo. O del mismo modo, pero diferente: “la metrópolis supone a la multitud lo que en su época supuso la fábrica a la clase obrera”[4].

12. Aceleramos y nos empotramos contra los años ochenta. En la curva más cerrada vemos correr desbocado el caballo triste del vaquero y la dama de hierro. La insuficiencia del repertorio keynesiano para afrontar la crisis de los años setenta trajo consigo el impulso de las medidas neoliberales patrocinadas por Thatcher y Reagan, quienes eran, no obstante, dos ultras del conservadurismo. Ahora bien, la insuficiencia del modelo de Keynes ha de ser leída en el análisis de las formas de vida. Hay algo que se rompe al comenzar los setenta, agenciamientos que se descomponen y cuerpos que se proyectan por las líneas de fuga del éxodo o la deserción, la fuga combativa y creativa. Los hijos ya no quieren trabajar en las cadenas de montaje de las cuales sus padres eran engranajes, por más que tuviesen un empleo estable, vacaciones y un salario digno. Los “cuellos blancos”, y especialmente las mujeres que ahora acceden al empleo, exigen romper también con los horarios rígidos. Los primeros inventan el trabajo intermitente como medio para la libertad: alternan trabajos temporales con la ociosidad, las comunas, la lucha política, los amores, los conciertos y viajes[5]. Las segundas conquistan horarios flexibles con los que adaptar el trabajo a la vida y compaginar feminismo, empleo y maternidad[6]. Por estos años las patronales reconocen el rechazo al trabajo, el boicot y el absentismo como su principal enemigo. Son los tiempos, también, de las contraculturas y las nuevas izquierdas, aquellos que manifiestan la bancarrota de los Partidos Comunistas y ven cómo la autonomía obrera rompe con el corporativismo de unos sindicatos cada vez más serviles y funcionales a los partidos. Pero al acabar los setenta queda claro que la nueva izquierda es todavía muy débil, y la vieja muy estúpida. La alianza entre neoliberales y neocon sabe leer las transformaciones vitales ocurridas. Opera una verdadera contrarrevolución, es decir, una revolución a la inversa que asumirá la mutación acontecida, pero hará de las conquistas los nuevos caminos de la servidumbre[7]. Doble sentido de la flexibilidad y la temporalidad, doble sentido del precariado, que nombra las nuevas condiciones de explotación y a la vez las formas de vida que pueden combatirlas.

13. Externalización de la producción, destrucción de los derechos sociales, privatización desmedida, flexibilización, reducción del gasto social, fractalización y temporalidad de las formas de trabajo, quiebra de toda posibilidad de proyecto e intermitencia en cada una de las regiones de vida. Nos encontramos en los ochenta un menú nada dulce de ajustes y reestructuraciones, raciones de reconversión industrial y cambios en la composición técnica del proceso de trabajo. La globalización económica se expande como una gigantesca ola alrededor del globo, y la explosión de la revolución tecnológica y las telecomunicaciones termina generando lo que Castells llamaría “la era de la información”[8], una sociedad-red interconectada a nivel planetario en donde se configura un espacio de flujos a través del que circulan datos, imágenes, información, mercancías, poblaciones, etc. Una nueva cultura del ciberespacio terminaría alcanzando en las décadas siguientes dimensiones insospechables, yuxtaponiendo realidad y ficción, transformando las formas de relación y reconfigurando profundamente las categorías del tiempo, el cuerpo y el espacio. Todo este proceso, veloz y dinámico, por supuesto inacabado e incompleto, fijaría el carácter de lo que Daniel Bell había denominado “sociedad post-industrial”[9], ligada poderosamente a cambios en la gobernabilidad; esto es, en términos foucaultianos, transformaciones en la gestión del poder sobre la vida.

14. El auge del trabajo cognitivo e inmaterial, propio de la economía del conocimiento y ligado a la expansión de las tecnologías de la información y a los procesos de deslocalización y tercerización económica, imposibilitaba desde entonces la reducción de los marcos identitarios de los trabajadores a una relación manual y estable con el trabajo y a su espacialización en las fábricas. Ahora convivían formas radicalmente distintas: de la fábrica muda a la guerra del lenguaje, de la fuerza corporal a la potencia cerebral; a Charlot le cambiaban la llave inglesa por una PDA. La sociedad globalizada afianzaba la simbiosis entre lenguaje y trabajo: “En el pasado, en la época de la manufactura y posteriormente durante el largo apogeo de la fábrica fordista, la actividad era muda. Quien trabajaba estaba callado. La producción constituía una cadena silenciosa en la que se daba tan sólo una relación mecánica y exterior entre antecedente y consiguiente, mientras quedaba excluida toda correlación interactiva entre simultáneos […] En la metrópolis postfordista, por el contrario, el proceso de trabajo material se puede describir empíricamente como conjunto de actos lingüísticos, sobre todo porque el proceso productivo tiene como materia prima el saber, la información, la cultura y las relaciones sociales”[10]. De este modo, con el progresivo paso de la máquina a la información, se presenciaba la ruptura tendencial de la célebre distinción habermasiana entre acción instrumental y acción comunicativa; cada vez con más fuerza, la comunicación pasará a ser un instrumento en sí misma.

15. Mientras tanto, los movimientos sociales convivían con la velocidad de los cambios. El movimiento de “okupación” ganaba adeptos en los barrios. Los españoles bebían la euforia de las recién conquistadas libertades individuales, experimentando con el cuerpo, la historia, la música, la naturaleza, las drogas, la estética o la política, en una atmósfera bizarra sacudida por la reconversión industrial, los fantasmas del pasado y los muertos en la noche. Si en 1979 fue Three Mile Island, en 1986 fue Chernóbil quien hizo dudar definitivamente de la idea de “progreso” y de las políticas despiadadas que corrían tras él. La modernidad veía quebrar sus grandes relatos. El riesgo ganaba la categoría de condición vital contemporánea. La naturaleza amenazada, el futuro incierto. La urgencia parecía convertirse, hacia finales del siglo XX, en la nueva temporalidad histórica, interiorizada también en las acciones y en los discursos de los activistas. Había que actuar ya, antes de que fuese demasiado tarde. Emergían entonces, taladrando el subsuelo y abriendo laberintos hasta el siglo XXI, modulaciones de lo que luego se llamarían  “políticas de la supervivencia”[11].

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[1] M. Davis, 2001. Más allá de Blade Runner. Control urbano: la ecología del miedo. Barcelona, Virus.

[2] A. de Giorgi, 2006. El gobierno de la excedencia. Postfordismo y control de la multitud. Madrid, Traficantes de Sueños.

[3] D. Harvey, 2009. “El derecho a la ciudad”, en Carajillo de la ciudad. Barcelona, Universitat Oberta, p.36.

[4] T. Negri,  2008. “La metrópolis y la multitud”, en Autonomía y metrópolis. Málaga, Cedma, p.21.

[5] F. Berardi (Bifo), op.cit, p.2.

[6] L. Boltanski y E. Chiapello, 2002. El nuevo espíritu del capitalismo. Madrid, Akal

[7] Sobre la respuesta neoliberal como contrarrevolución, P. Virno, 2003. Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas. Madrid, Traficantes de Sueños.

[8] M. Castells, 1997. La era de la información. Madrid, Alianza.

[9] D. Bell, 1991. El advenimiento de la sociedad post-industrial. Madrid, Alianza.

[10] P. Virno, 2003. Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas. Madrid, Traficantes de Sueños, p.16.

[11] M. Abélès, 2010. The Politics of Survival. Durham and London, Duke University Press.

1 Comment

  • man_hauser

    1

    very interesting este capítulo !! ánimo chicos con todo el texo, lo que voy leyendo está superbien !! me interesa especialmente de lo que aquí se habla esa "otra cara" de la metrópolis, más allá de lo urbano, evidentemente, y como sugerís, pero pensar bien qué quiere decir eso, y qué posibilidades se abren en ese subsuelo que ya no es literal. Supongo que deberían ser, como unas "raíces aéreas", es decir, desterritorializadas, que no territorializan ni estrían el espacio en el que se dan. Podría ser entonces: el hecho de la intercomunicación, en cualquier parte (virtualmente) con cualquier parte, al margen de lo urbano (en una playa, un bosque, el desierto...); eso sería metrópolis. Y donde virtualmente quiere decir, más que la técnica o el modo de hacerlo, la eventualidad, de que eso pueda acontecer en cualquier momento, la conexión, el rapto incluso, inesperadamente...

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