Capitulo IV

4.1. DE MADRIGUERAS Y VIAJES EN EL TIEMPO.

1. Amanecer en campo abierto bajo un océano de tierra removida. Desde lo alto, el paisaje agitado de erupciones biopolíticas. Abajo, laberintos y grutas que taladran el suelo. Aprender de los topos y las toperas. Hacer cuerpo con las grietas y aperturas. Perforar y llenarse de tierra. Desaparecer de la mirada del gran ojo, devenir invisibles por exceso de visibilidad. Hablar a través de nuestro rastro y de nuestras huellas. Los pequeños volcanes que convulsionan la campiña son el efecto de nuestros modos de vida. El topo construye lenguaje a través de la tierra: hace lenguaje con la tierra y hace de la tierra su propio lenguaje. Ella nos habla de su presencia, nos dice por dónde ha pasado. La tierra es parte ya de su propio cuerpo, su territorio incorporado; cuesta discernir el límite entre ambos. Removerla, empujarla, excavarla, desplazarla, transportarla, levantarla. Su vida se va viviendo en la medida en que se verbaliza su relación con la tierra.

2. Saltar ahora en el tiempo, olvidar los animales del pasado y volar hasta el presente. Levantar la vista y frotar los ojos cegados por el mundo subterráneo. Contemplar el mapa conectado de los cuerpos, la red mundial de madrigueras. Extender el underground y subir a la superficie, recibiendo el aire impuro de las ciudades globales. Cada acampada, un nodo del cuerpo vibrante. Cada ciudad, una madriguera erguida en la noche. Perforar y llenarse de tierra, sí, pero también perforar y llenarse de ciudad. Mutaciones del sujeto político. Cuerpos múltiples y multisituados reinventan su topografía, haciendo de sus rutas, sus afectos, sus regiones y sus cavidades su geografía más íntima e inexpugnable. El nuevo topo, propondremos, hace cuerpo con la ciudad. Es más, ¿y si los cuerpos se están asemejando cada vez más a las ciudades? Modulaciones y perturbaciones en la relación con el territorio circundante. Incapacidad de localizar las fronteras de nuestros propios cuerpos, cada vez más ligados “a la topografía de los monitores de ordenador y las pantallas de vídeo, brindándonos los lenguajes e imágenes que necesitamos para vincularnos con los demás y para vernos a nosotros mismos”[1].

3. De repente, una leve brisa nos retrotrae al día de año nuevo de 1959. El estallido de la revolución cubana representaba entonces la posibilidad de un nuevo modelo de levantamiento social. Alejado del modelo leninista en su ejecución, anticipaba la década de los sesenta como un inesperado momento de innovación política, y ya no como la confirmación de los viejos esquemas sociales y conceptuales. En los años 60, los “primitivos” se convertían en “seres humanos”, y los procesos de descolonización, tanto en el primer como en el tercer mundo, confirmaban el nuevo trazado de la geopolítica internacional, ante un capitalismo global que armaba sus alas[2]. Tras la independencia de Ghana o la guerra de Argelia, las minorías cantaban y marchaban  en las calles de Washington y Nueva York, mientras el movimiento negro rugía entre ritmos jamaicanos y tambores africanos, conectando luchas e imaginarios. Al tiempo que se negociaba la retirada de las tropas americanas de Vietnam, justo después de que los estudiantes de París dejasen de levantar adoquines y buscar playas en la primavera del 68, la guerra de Yom Kippur terminaría provocando en 1973 el alza del precio del petróleo y una crisis de las economías industrializadas, tras casi tres décadas de crecimiento ininterrumpido.

4. En 1973 vemos un precedente de la crisis global que envuelve hoy nuestras vidas. Justamente, por aquella época empezó a extenderse en el habla cotidiana la noción de las multinacionales. Resultó ser algo más que una moda. Era un síntoma de lo que estaba viniendo. Desde entonces, la consolidación de “lo global” trajo consigo una marea que arrastraba con ímpetu el papel de las grandes corporaciones y las instituciones transnacionales, la privatización de “lo público” y la reconfiguración a escala mundial del tablero de juego, las reglas y los actores. Con todo ello, el periodo 1972-1974 marcaba el final de los “largos años 60” retratados por Jameson. Luego de estos años alborotados, quedaba de manifiesto que la visión dicotómica de la lucha de clases marxista resultaba insuficiente para explicar el nuevo orden socioeconómico, así como los procesos políticos abiertos por los nuevos movimientos sociales. La lucha de los negros, de las minorías étnicas, de los gays y lesbianas, el movimiento feminista y el ecologista, los estudiantes y los pacifistas, las luchas regionales y los movimientos de liberación nacional ligados a los procesos de descolonización, dibujaban un panorama de oportunidades y un horizonte novedoso en cuanto a la elaboración de los signos y símbolos con los que los nuevos actores representaban sus mundos. Ahora bien, el fin del periodo y las múltiples ramificaciones de cada uno de los movimientos anteriores, pondrían en entredicho aquellas políticas de la identidad, en un mundo cada vez más interconectado, incomprensible desde un solo enfoque, una sola lente y una sola mirada.

5. Apretujados ahora en nuestro DeLorean zoopolítico, pendientes de pasar la ITV, revisamos el condensador de “fluzo”[3] y salimos zumbando calle abajo hasta la Italia de mediados de los 70. Por los caminos, bajo los puentes, en las posadas y en las carreteras secundarias, vemos desfilar, centelleando como relámpagos en la niebla, el fugaz perfil de las nuevas facciones del animal político. Su brillo, todavía tenue, seguirá recogiendo anillos de luz a través de las décadas, tomando forma y haciendo cuerpo con los otoños que pasan.

6. Desde un pequeño ático de Bolonia, utilizando un transmisor militar recuperado de un viejo tanque americano de la segunda guerra mundial, y desafiando al monopolio estatal sobre las telecomunicaciones, la radio libre Alice abría y cerraba sus programas, desde febrero del 76, con aquella canción de Enzo Del Re: Lavorare con lentezza senza fare alcuno sforzo Eran años de sabotaje. Si los 60 rompían la lucha de clase al ver crecer en cada esquina una reivindicación identitaria antiarmónica, los 70 traían el punk y su “llamada” al inframundo. La clase obrera dejaba de ser el sujeto central y la fábrica el lugar único para pensar el trabajo y la vida. Se abandonaba progresivamente la idea terminada y contenida de “sujeto” histórico, y se comenzaba a hablar de “subjetividades” y “procesos de subjetivación”; había que inventar el presente. Entonces, los motines en las fábricas y el lema del “rechazo al trabajo” venían a significar un cambio profundo en las relaciones con el capital. Los procesos de reestructuración capitalista, los cambios tecnológicos y las transformaciones de las instituciones sociales encendían la llama de un “movimiento autónomo” que apostaba por la autorregulación de sus formas de vida, insatisfecho con el comportamiento de partidos y sindicatos y cansado de las viejas formas y estructuras de la izquierda tradicional. Para aquellos que saboteaban y coreaban la tonada de Del Re, la autonomía se resumía en “rechazar la obligación de producir plusvalor y de aumentar el valor del capital a costa de reducir el valor de la vida”[4]. Es decir, la vida social iba mucho más allá de las reglas impuestas por el poder económico. No se trataba de construir un sujeto sólido ni de identificarse con una figura social fijada previamente, sino de asumir los cambios en las relaciones, las nuevas direcciones y la correspondencia entre la transformación del modelo sistémico de producción y los modos de vida de la gente.

7. Ahora bien, somos freaks pero no bobos. Sabemos que el rasgo tendencial que en aquella época asumía el trabajo inmaterial –ligado al intelecto, la comunicación, la información y los afectos–, no reemplazaba la materialidad de un proceso de globalización que se desarrollaría imparable en las décadas venideras. El trabajo industrial no desaparecía de golpe con el advenimiento de la nueva era, no se borraba sin más de los mapas y de las historias, sino que se desterritorializaba a través de los procesos de deslocalización, ocupando las periferias del planeta, allí donde era posible pagar sueldos miserables, desatender derechos básicos y condenar por igual a los pobres y a la naturaleza. Mientras tanto, nuestras urbes veían mudar su paisaje, contemplando bajo la lluvia el desgaste de fábricas abandonadas, la crecida del óxido, el baile sin música de los días pasados. Pronto la ciudad y la vida, entrelazadas, se volverían el espacio-tiempo de la producción continuada, de la disciplina y control capitalista.

8. Las luchas autónomas de los años setenta, también presentes en el estado español, funcionaban como contrapoder y se afirmaban a través de la democracia directa. La autonomía obrera influirá, como veremos más adelante, en una nueva generación que tratará de pensar otro modelo de autonomía social. Un modelo que sea consciente de que la propia “autonomía” (del Yo) ha sido reapropiada por el sistema (el yo empresario, el yo emprendedor), y que hoy el desafío está en la búsqueda de alternativas desde lo colectivo, o dicho de otro modo: “contra el Yo, reinventar la autonomía social en tanto que experiencia del nosotros”[5]. Los métodos de sabotaje e indisciplina al pie de la cadena de montaje eran frecuentes entre los Grupos Obreros Autónomos de Madrid o Barcelona, y durarían desde finales de los sesenta hasta prácticamente los Pactos de la Moncloa de 1977. Mientras tanto, los nuevos tiempos traían consigo ensayos de formas de vida, modelos comunitarios alejados de la tradición y del mercado. La subcultura obrera, referente y vanguardia hasta la mitad de la década de los setenta, “daba paso a formas que se habían ido incubando durante más de una década y que ahora se estaban consolidando en espectros tan diferentes como las luchas por el aborto libre y gratuito, el movimiento antinuclear o las luchas anticarcelarias, pero también en toda clase de medios de expresión y de experimentación estética”[6]. La vida cotidiana se iría convirtiendo, de ahora en adelante, en el centro descentralizado de la expresión política

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[1] C. Olalquiaga, 1993. Megalópolis. Caracas, Monte Ávila Editores, p. 17.

[2] F. Jameson, 1984. “Periodizing the 60’s”, en Social Text, Duke University Press, nº 9/10, págs: 178-209.

[3] En realidad, aquello de lo que se sirve el doctor Emmett Brown de Regreso al futuro para viajar en el tiempo es de un condensador de “flujos”. Aquí nos interesa recuperar no sólo esa idea de “flujos” sino también reciclar y recordar los errores de traducción, actualizando el valor de las palabras y las cosas, para comprender así el significado de los movimientos recientes.

[4] F. Berardi (Bifo), 2003. “¿Qué significa hoy autonomía?, p. 1.

[5] VV.AA., 2008. Luchas autónomas en los años setenta. Madrid, Traficantes de Sueños, p. 26.

[6] Ibídem., p. 218.

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