2.5. PASO DEL AGUA AL FUEGO. LA DISCIPLINA POLICIAL.
William Hogarth (1687-1764), “Mourning”. Escena en Covent Garden.
63. Todo empezó por dentro pero de tapadillo y desde afuera con impertinencia; en secreto, como el que requerían las logias masónicas, o en el exilio a ruidosa distancia. Tras la revocación del edicto de Nantes (1685) cuatrocientos mil franceses se vieron obligados a migrar. Muchos optaron por afincarse en Londres. Allí, desde finales del XVII, los bajos fondos de la primera Ilustración encontraron cobijo en un barrio sórdido infestado de rateros, que llevaba un tiempo experimentando una drástica mutación. La bohemia literaria se mezcló con el ambiente de Grub Street, hervidero de las letras, de las nuevas ideas políticas y la prensa, todo un símbolo que escritores como Daniel Defoe o Jonathan Swift ayudaron a mitificar, caracterizado por los cambios en las costumbres en los cuales las mujeres jugarían un papel destacado[1].
64. A lo largo de todo el siglo XVIII un continuo goteo de “plumíferos”, la enorme población de misérrimos poetas y literatos parisinos, nutrió este enclave desbordándolo por las librerías, cafés y teatros de Covent Garden o Drury Lane. Muchos de ellos eran fugitivos. Cruzaban el Canal para evitar ser apresados en la Bastilla. Una vez en la isla sus armas favoritas eran el periodismo ―desde las páginas de Le Courrier de l’Europe divulgaron los acontecimientos de la revolución americana― y los libelos: un género impío, procaz, a menudo difamatorio y siempre escandaloso, con el que atacaban ad hoc a las principales figuras del estado absolutista[2].
65. En suelo francés, la oposición en las sombras gestó la société, es decir, un conjunto de círculos compuesto por los habituales de los cafés y las academias, los clubes y los salones, las bolsas de comercio, las bibliotecas y sociedades literarias, todas ellas instituciones “privadas”, en teoría “apolíticas”, sólo indirecta y veladamente políticas, que de tal manera intentaban permanecer a resguardo del Leviatán sitos en el punto ciego de su arquitectura[3]. En dichas instituciones de la sociedad, y más aún en sus logias ocultas, fue cultivada la égalité y la crítica, también el pensamiento. Al igual que ocurrió con la eclosión continental de las Sociedades Científicas del XVII, para pensar y experimentar libremente no pocas veces esta República de las Letras necesitó ponerse a salvo de las universidades. Tanto mejor que la Sorbona era encontrar el Club adecuado y entablar la oportuna relación epistolar con la cosmopolita República de los amigos[4].
66. Aún en el interior de la bestia, la topografía que avanzaba hacia la revolución se proyectaba desde la distancia, difusa y cuando no difusa, opaca. En las propias entrañas del Leviatán, y entre un Leviatán y otro, gracias al secreto y la oblicuidad fue acondicionada toda una galería de posiciones, un balcón a ras de suelo pero oculto a la razón del Estado Protector tras una bambalina o manto de aparente obediencia. Desde ahí podían lanzar sus ataques, avanzando a través de las conciencias susurrantes y escamoteadas, pero también tejiendo la trama material, monetaria, financiera, de lo que entonces por toda Europa se comenzó a llamar, en casi todos los idiomas, la “sociedad civil”: civil society, société civile, Bürgergesellschaft, en definitiva, societas civilis sine imperio[5].
67. En 1789, con el estado en bancarrota y por completo endeudado, la revolución estalló al fin. Recordemos el injerto mecánico puesto en el lugar de la vieja cabeza, pues puede permitirnos una reinterpretación de un conocido pasaje: “Al atardecer del primer día de lucha ocurrió que, en varios sitios de París, independiente y simultáneamente, se disparó a los relojes de las torres”[6]. Antes de esto se había dicho que un rey que es deudor de una sociedad casi toda ella acreedora, no es señor sino esclavo[7]. Cayó la guillotina, y de esta cabeza cortada ya no volvería a nacer otra. No obstante, no sólo se dio muerte a esa monarquía que Hobbes y otros como él habían logrado salvar por un tiempo, convirtiendo al soberano en el alma abstracta ―más bien la persona en tanto que máscara― de la máquina. Para comprender qué era todo aquello que se desplomaba de un golpe con el cuerpo real, hay que atender al segundo gran problema político instaurado por el siglo XVII: la policía. Y, ¿qué es la policía? Aquello que se acomoda en el Estado junto al poder soberano, pero que no se confunde con él. Aquello que viene a dar respuesta a una situación histórica protagonizada, una vez más, por la deuda soberana, agravada por la acumulación de tantas décadas de cruenta guerra.
68. Un paso atrás para enfocar el problema. Podemos dividir en dos los siglos que conocieron el esplendor del Renacimiento[8]. Primero, en el siglo XV, un Renacimiento mayoritariamente costero y urbano, capitaneado por las ricas ciudades-estado. Luego, en el siglo XVI, un segundo momento, el inicio del giro oceánico, salpicado por las rebeliones campesinas y el cisma religioso. Es entonces cuando las ciudades autónomas y sus federaciones son absorbidas por Príncipes que en el proceso de centralización de los estados se hacen cada vez más poderosos. Por situarnos: a uno de estos monarcas le dedicará Maquiavelo su célebre tratado. Sin olvidarlo: la riqueza fluye de poniente a levante al ritmo del expolio colonial. Nuevas ciudades reales, nuevas urbes cortesanas prosperan gracias a las administraciones que colocan allí su sede y a las corporaciones transoceánicas a las que el rey otorga los monopolios[9]. Son los tiempos del dispendio de los Príncipes y los más grandes mecenazgos del arte. También del crecimiento exponencial de la pomposa burocracia rapaz, nobiliaria y para-nobiliaria, encargada de cobrar unos tributos que sólo se pueden pagar mientras siga creciendo el volumen del expolio.
69. Todo llega a su fin hacia el 1590, pero primero la muerte de Felipe II y luego de Isabel de Inglaterra posibilita firmar la paz y postergar el cataclismo hasta mediados del XVII cuando estalla la guerra civil inglesa, “la Fronda” en Francia, las revueltas de Portugal, Cataluña y Andalucía, el coup d’Etat en los Países Bajos y la rebelión liderada por un pescador, Masaniello, en Nápoles. Común a todas estas revueltas tan variopintas es el enemigo que tienen delante: el aparato burocrático de los príncipes renacentistas. Como resultado triunfan las políticas cameralistas o mercantilistas, en Francia implementadas bajo el Rey Sol, en Inglaterra sólo a la muerte de Cromwell, quien por cierto había acabado con la última corte renacentista. La respuesta dada por el mercantilismo será la siguiente: conservar la arquitectura de este estado unificado por los grandes príncipes, incluso avanzar en la homogeneización del territorio soberano para que pueda fluir mejor el comercio, pero librarse de toda esa burocracia cortesana, tan numerosa como cara, inútil y odiada. Reemplazar, en fin, esa casta que vive de la extorsión fiscal por un nuevo arte de gobierno basado en un modelo anterior. ¿Cuál? El de las ciudades-estado que los príncipes habían aplastado, pero que tan exitoso fue a la hora de administrar y atraer riquezas. En diez palabras: el Estado debe aprender de estas polis y debe policiarse.
70. La policía es un saber o dominio de conocimientos, y un campo de aplicación, en clave reglamentaria, de tipo disciplinario[10]. El objeto de la policía es la vida. La policía gobierna la vida, algo más que el sobrevivir: la policía persigue la felicidad de la población. Y tiene como fin, mediante esta novedosa atención a la vida, la maximización de las fuerzas del estado que harán posible tal felicidad. Hemos hablado de la “balanza europea”. La policía, dirá Foucault, es la otra gran tecnología de gobierno que utilizarán los políticos[11]. ¿Quiénes son éstos? Nada que ver con los griegos de la polis. A comienzos del XVII se denomina políticos a un conjunto de hombres muy bien situados, una secta, casi un grupo de “herejes”, que propugnan la razón de Estado, es decir, una racionalidad política en cierta manera desteologizada, pues rompe con las correspondencias entre el estado y el orden cosmoteológico. La política no es ni natural ni divina, sino un completo artificio. Y triunfará al lado del poder soberano, a su servicio, para ayudarle en la conducción del cuerpo político. El soberano legisla, representa y llegado el caso impone el orden con penas ejemplares; con la policía, la política gobierna.
71. Con la policía nace la estadística, que es antes que nada una aritmética o anatomía política. Para poder maximizar las fuerzas del estado en competencia dentro de la balanza europea, primero hay que contabilizar esas fuerzas y seguir su evolución a lo largo del tiempo. El número cuenta. Mucho antes de que lleguen Malthus y los suyos, se piensa que cuantos más brazos haya para trabajar, cuando más populoso sea un país, mejor, pues mayor será su potencia. Se perfeccionan los censos de población, aparecen los primeros sondeos aleatorios, surgen tablas cruzadas donde queda el registro de los nacimientos y defunciones, las migraciones, las distribuciones de poblamientos del campo y la ciudad, y a partir de los datos obtenidos la policía reglamenta. ¿Qué? Casi todo: el mero sobrevivir; el vivir, la vida es su cotidianidad; y la vida mejorada, la vida con un plus de calidad, el bienestar. Así, el nuevo arte reglamenta las cuestiones relativas a la supervivencia de los pobres y mendigos, que ahora se recluyen junto a los locos y los enfermos en los nuevos Hospitales Generales[12]. También las diversas cuestiones que afectan a la multiplicación de la vida y a la preservación de la misma: la salud, el mercado, el suministro de alimentos que va del campo a la ciudad, los caminos, las finanzas. La policía, por supuesto, vela por la seguridad pública y la calidad de la vida moral. Incluso cae en su campo el gobierno de la vida en lo que tiene de placentera: la policía está también ahí para ocuparse del adorno de las ciudades, su embellecimiento, los teatros, los espectáculos. La supervivencia, el vivir y la vida mejorada: todo esto son cuestiones policiales.
72. Para gobernarla, la vida debe ser vigilada y analizada, dispuesta para su escrutinio sobre el mapa de un espacio reticulado, crecientemente numerado, contabilizado y matematizable. Hemos mencionado como el océano fue el primer espacio que se volvió estriado en una fría matematización de sus coordenadas, que pronto reproducirán los cielos al ser mirados en el reflejo de las olas[13]. Tras Westfalia, instaurado el equilibrio de la balanza, las modificaciones consecuentes en el arte de la guerra hicieron lo propio con el cuerpo de la tierra. En Francia, bajo el reinado de Luis XIV tiene lugar dicha cuadriculación, este gravado del mapa en el terreno, esparciendo fortificaciones que ya no son tanto fortalezas como las bases de operaciones en sistema de ramales. La razón de Estado policial porta consigo un gran sueño disciplinario, que Foucault ve en estado puro en el plan de emergencia contemplado por tan distintos países ―aunque rara vez se llevase a la práctica― con el fin de contener la peste. La ciudad es puesta en cuarentena. Las familias quedan encerradas en su propio hogar: si alguien cae enfermo se ve expuesto o bien al contagio o bien a un castigo fatal y ejemplar. Nadie puede salir de la casilla asignada. El espacio se divide en cuadrantes. Cada cuadrante se pone a disposición de las autoridades que distribuyen las raciones de comida en cada casa. Puerta por puerta se pasa revista periódica; los muertos son retirados. Cada cual en su lugar, a cada cual su cuerpo para evitar el contagio: “contra la peste que es mezcla, la disciplina hace valer su poder que es análisis”[14].
73. Igual que se plasma en la ciudad y en el territorio militarizado, esta utopía disciplinaria se habrá de concretar en el cuerpo de los soldados. Disciplina, individuación, asignación de cada cual su cuadrícula, matematización de los comportamientos: los soldados son adiestrados para avanzar con el tic tac de un reloj y moverse, cargar y disparar como los autómatas mecánicos.
74. Estas utopías, por supuesto, no terminan con unos cuantos revolucionarios disparando a lo alto de las torres. Todo lo contrario. La propia revolución se impone como “utopía geometral”. En 1790 el conservador Edmund Burke vaticina en estos términos su fracaso: “Vuestro país pronto estará habitado no ya por franceses, sino por hombres sin patria. Nunca se ha sabido de hombres ligados por el orgullo, la inclinación o un sentimiento profundo, a un rectángulo o un cuadrado. Nadie se vanagloria de ser originario del cuadrado número 71″[15]. De tal manera se volvía precursor de tantas disutopías literarias, aunque posiblemente no tuviese razón. ¡Cuánto verdadero amor ha sido profesado! Por amor a la geometría fueron escritas algunas de las más bellas obras filosóficas. Valga la Ética de un viejo pulidor de lentes como ejemplo.
75. A menudo se habla de tres tipos de revoluciones, que a su vez vendrían a ser ejemplificadas por las revoluciones inglesa, francesa y bolchevique. Hoy, con los indignados, se ha vuelto a escuchar el vocablo. De las revoluciones democráticas árabes, que algunos quisieron colocar en un trillado proceso de democratización del cual serían su cola, se pasó después a hablar de la #SpanishRevolution y al fin de la #GlobalRevolution, pero nadie se toma en serio estas palabras. Haríamos bien en tener en cuenta el pasado e interrogarlo. Por ejemplo, preguntarnos qué fue la Revolución Inglesa, o mejor aún, ¿cuál fue? Nos equivocamos si señalamos a Cromwell. La verdadera revolución es la Restauración monárquica, y así fue entendido en su tiempo. La palabra se tomó en préstamo de la obra de Copérnico De revolutionibus orbium colestium (“de las revoluciones de las esferas celestes”). En la Grecia clásica se pensaba que había unas pocas formas de gobierno posibles que a lo largo del tiempo se iban sucediendo. Según Aristóteles, un modelo cíclico hacía girar las formas políticas del gobierno de todos, del gobierno de los pocos y del gobierno de uno —democracia, aristocracia, monarquía— según ciertas razones que era objeto de la filosofía comprender. A mediados del XVII la revolución no es menos circular. La revolución es lo previsible, lo continuo y recurrente, lo regular, lo que vuelve al punto de origen, como los planetas giran alrededor del Sol. En este sentido se utilizó la palabra al morir Cromwell y volver Carlos II y después con la Revolución Gloriosa. En cualquier caso, los proyectos de los radicales, ya fuesen los puritanos o los niveladores, fueron pensados siempre como restauración de un derecho o estado anterior. Nadie iba a sospechar que, con el tiempo, alguien pudiese llamar revolución al hecho de decapitar a un rey para poner en su lugar una asamblea de disidentes.
76. En Francia, al conspirar para desatar la Revolución, tampoco se pensó que aquello por lo que se luchaba era un tipo nuevo de revolución. Fue en el curso de los acontecimientos que se actualizó el término. Hannah Arendt data el preciso instante en la noche del 14 de julio del 1789, cuando al exclamar el rey “C’est une révolte”, contestó el duque de La Rochefoucauld-Liancourt: “Non, Sire, c’est une révolution”. Entonces, la metáfora astrológica fue reemplazada por otra magmática. La revolución como “un majestuoso torrente de lava” que viene del subsuelo, que irrumpe irresistible ajena a la restauración y según el pathos de lo nuevo, de la novedad en la historia, de la cual más tarde Hegel sabrá dar cuenta en su sistema filosófico[16]. Las revoluciones nuevas se hacen en nombre de las viejas. Se pasa de un formato a otro creyendo estar luchando por el que se abandona. Y, en cierto sentido, esto sigue siendo válido para el caso bolchevique, esto es, la “revolución social”. Aún habiéndose consolidado el nuevo pathos, Lenin seguía teniendo como modelo el 1789 y se encomendaba la tarea de realizar en Rusia aquella revolución de la cual la burguesía local no había sido capaz, como sí lo habían sido, tanto tiempo atrás, los homólogos franceses.
77. Si hemos querido detenernos en los siglos XVII y XVIII es por más que una cuestión de paralelismos. Es verdad que tanto nuestra actualidad como la que dio pie a las revoluciones de aquellos dos siglos están signados por la existencia de una ingente deuda soberana. Pero tanto lo que significa la soberanía como lo que significa la revolución son por completo cosas distintas en cada momento. Nos interesa esta diferencia, también sacudir las telarañas de la historia para testificar el nacimiento de una serie de realidades clave. Nos preguntamos acerca de lo global, interrogaremos el nacimiento de la economía, de aquello que hoy llamamos policía y también de eso otro que conocemos como lo social.
78. Parémonos en esto último. Se dice que el ser humano es un ser social. Nosotros afirmamos que el ser humano devino un ser social; que no lo era, pero lo fue. El ser humano es y fue un ser social, pero tan solo desde el siglo XIX y quizás pronto deje de serlo. Lo social no es natural ni está más allá de la fugaz composición de los elementos en agenciamientos. Antes existían las sociedades comerciales, las sociedades de pensamiento, aquel conjuntos de círculos que se llamó la société, y que es el mismo significante utilizado por lo siglos para referirse al estamento de la nobleza. Existían sociedades de muchos tipos, y por supuesto nadie dudaba que el ser humano era, podía o tendía a ser, gregario, así como no osaban calificar de otro modo a las abejas y ovejas. Lo que no existía era “lo social” o “la sociedad” tal y como la hoy entendemos. Tampoco había por tanto la posibilidad de una revolución social. Después de la crisis de lo social —pues, en efecto, lleva un tiempo en crisis— quizás dicha opción no vuelva a estar jamás disponible. Lo social, en tanto que conjunto institucional, entró en crisis por las mismas fechas que comenzaba a hundirse el socialismo, es decir, a la vuelta de la década de 1960. Lo social, como ente o dimensión cuasi-natural, no ha sido puesto en cuestión hasta tiempos un poco más recientes. Para un número reducido pero cada vez más significativo de autores, lo social deja de ser el foco de las respuestas para necesitar ser interrogado como problema. Al lado de lo social y por encima, también atravesándolo, nació lo global tal y como lo habitamos y conocemos hoy, otra dimensión que vino a transformar el tablero de juego político. Lo global creció al tiempo que lo social sufría.
79. En nuestra historia de los elementos, el paso de la revolución-astronómica a la revolución-magmática expresa el cambio que va desde el dominio del agua al dominio del fuego industrial. En esta fragua se dio forma a lo social. Pero para ello el animal mecánico tuvo que transformarse completamente y al fin ser abandonado. Primero, del orden fisiológico del XVII y los mecanismos de relojería del absolutismo, se dio paso a la maquinaria homoestática de la economía liberal, con todas sus máquina autorreguladas[17]. Después, del sistema de estas máquinas se extrajo el organismo social, que es aquello que aparece cuando muere el animal mecánico, Leviatán. Todo esto ocurrió cuando la crítica y los revolucionarios reventaron la policía. De los fragmentos que dejó al romperse nació la economía, la sociedad y los derechos civiles, también el aparato principalmente represor que hoy conocemos con dicho nombre, aunque la policía ya no signifique lo que solía.
80. Digámoslo así: en el principio de nuestra historia fue la tierra, pero ésta se licuó. En el XVI una primera globalización acuática fugó desde la costa y los mares hasta los océanos, y luego descubrió en el XVII a la Máquina. Pero el Leviatán se recalentó. En el paso del líquido al fuego decimonónico, el XVIII opera una transición: hierve el agua del cual se extraerán los rayos y el vapor que van a desplegar en el XIX un segundo tipo de globalización, esta vez ígnea, antes de llegar al devenir aéreo del mundo en el siglo XX y al nacimiento de lo global sin el cual no puede entenderse la política y la economía hoy.
[1] Véase, P. McDowell. 1998. The Women of Grub Street. Press, Politics and Gender in the London Literary Marketplace. 1670-1730. Oxford, Oxford Universtity Press.
[2] La circulación de los libros, su introducción clandestina, y juego de reimpresiones allí donde eran permitidos, fue creando una geometría subterránea continental que conectaba lo grub: “La Grub de París tenía muchas bocacalles que conducían a Bruselas, Ámsterdam, Berlín, Estocolmo, San Petersburgo y otras ciudades que contaban con versiones locales de la cultura representada por Grub Street. Cuando veían su carrera bloqueada, su alquiler impagado o una orden de encarcelamiento suspendida sobre sus cabezas, los escritores parisinos dejaban la ciudad para buscar fortuna en otros lugares donde pudieran explotar la fascinación europea por todo lo francés. Hacían de preceptores, traducían, difundían panfletos, se metían a periodistas, emprendían proyectos editoriales o promocionaban cualquier moda parisina, ya fueran gorros o libros”, R. Darnton. 2010. “Introducción” en Marqués de Pelleport. Los bohemios. Barcelona, Papel de Liar, p.10.
[3] Lo que no evitó que, por ejemplo, el conocido Club de l’Entresol fuera clausurado.
[4] Sobre la importancia de las cartas y el público extra-universitario, véase P. Sloterdijk, “Reglas para el Parque Humano”, op. cit. y M. Foucault. 2009. El gobierno de sí y de los otros. México D.F./Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
[5] Ver, R. Koselleck. 2002. “Three bürgerliche Worlds?” en The Practice of Conceptual History. Stanford, Stanford University Press.
[6] W. Benjamin. 2008. “Sobre el concepto de historia” en Obras. Libro I / Vol. 2. Madrid, Abada, p. 315.
[7] “El déficit estatal, que ascendía en 1788 a una suma anual cercana a los 200 millones, se convirtió de este modo, por vía doble, en un capital moral de la sociedad, precisamente porque ésta veía que el poder político se hallaba concentrado en manos de un deudor. Presque tous les sujets sont créanciers du maître… que est esclave comme tout débiteur [casi todos los súbditos son acreedores del señor..., que así resulta esclavo, como todo deudor]: de este modo apostrofaba Rivarol la situación de arranque de la Revolución francesa. La sociedad financieramente poderosa, y el Estado absolutista, se hallaban enfrentados entre sí, sin que los intentos de reforma fuesen capaces de eliminar las diferencias entre ellos”, R. Koselleck, Crítica y crisis, op.cit., p. 66.
[8] En lo que sigue, nos basamos para la escritura de este párrafo en H. Trevor-Roper, La crisis del siglo XVII, op. cit.
[9] Breve historia de las corporaciones o del “artificio jurídico que transforma grupos sociales en personas de ficción”. En Roma poseían fines específicos y en ellas los participantes invertían sus fondos privados. Tal fue la forma en la que se inspiró la Iglesia medieval para moldearse en tanto que estructura colegiada. En el medievo, corporaciones también se constituían para levantar infraestructuras civiles. Con el giro oceánico aparecen las Compañías de Indias y un buen número de otras compañías con la venia para explotar la colonia desde el terreno (“esos otros «leviatanes» que conquistaron América”). En la Constitución de los Estados Unidos, tras la abolición de la esclavitud se establece que ningún Estado pueda privar a una “persona” de su vida, libertad y propiedad. Finalmente esta ley termina siendo reivindicada por las corporaciones. Finalmente, en la segunda mitad del XX, algunas de estas “personas” ficticias con ánimo de lucro terminan haciéndose más poderosas y ricas que muchos estados. Eso es así hasta que, los propios estados que garantizaban a las corporaciones se esculpen a sí mismos a la imagen y semejanza de estas. Con el neoliberalismo naca el estado-empresa, la Azienda Italia de Berlusconi, Britain PLC, Kremlin Inc., Kenia S.A., etcétera. Ver, J. y J. Comaroff. 2011. “Nacionalidad S.A., Divinidad S.A., y otros futuros posibles” en Etnicidad S.A. Madrid, Katz.
[10] Véase, M. Foucault. 2006. Seguridad, territorio y población, op.cit. y M. Foucault. 1990. “«Omnes et singulatim». Para una crítica de la razón política” en Tecnologías del yo y otros textos afines. Barcelona: Paidós.
[11] En lo sucesivo seguimos sus análisis en Seguridad, territorio y población, op.cit. y M. Foucault. 1990. “«Omnes et singulatim». Para una crítica de la razón política” en Tecnologías del yo y otros textos afines. Barcelona: Paidós.
[12] “Desde luego, un hecho está claro: el Hôpital Général no es un establecimiento médico. Es más bien una estructura semijurídica, una especie de entidad administrativa, que al lado de los poderes de antemano constituidos y fuera de los tribunales, decide, juzga y ejecuta. «Para este efecto los directores tendrán estacas y argollas de suplicio, prisiones y mazmorras, en el dicho hospital y los lugares que de él dependen» [...] Es un extraño poder que el rey establece entre la policía y la justicia, en los límites de la ley”. M. Foucault. 2010. Historia de la locura en la Época Clásica.I. México D.F./Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, pp. 81-82.
[13] Dicho de otra manera: “Con las operaciones de ultramar, emerge un mercado de recogida, archivo, tratamiento burocrático y difusión de datos dirigido a negociantes, financieros, especuladores. La navegación marítima exige la construcción de navíos más perfeccionados, El cálculo de longitudes se convierte en un laboratorio de primer nivel para el perfeccionamiento del mecanismo de relojería, antepasado lejano del artefacto programado. La nueva actitud respecto del tiempo y del espacio se extiende al taller y al mostrador, al ejército a la ciudad”. A. Mattelart. 2007. Historia de la sociedad de la información. Barcelona, Paidós, p. 19.
[14] M. Foucault. 2005. Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Madrid, Siglo XXI, p. 201.
[15] Citado en A. Mattelart, op.cit., 31.
[16] H. Arendt. 2009. Sobre la revolución. Madrid, Alianza.
[17] S. Schaffer. 2010. “Autómatas ilustrados” en Trabajos de cristal. Ensayos de historia de la ciencia. 1650-1900. Madrid, Marcial Pons, p. 246.
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