Capitulo II

2.3. DE LA MODERNIDAD LIQUIDA O LA PRIMERA GLOBALIZACION.

42. Una modernidad líquida y salobre, que todo lo toca y transmuta con sus espumosas manos de Midas[1]. La América del siglo XVI es eso para los europeos, fortuna en los dos sentidos de la palabra, lo azaroso y pecuniario, viraje del mundo al Oeste, encuentro del mar con el otro y con el oro y la plata; fluidos azules rojos ensangrentados que abren la primera ruta hacia la más temprana globalización. Circunvalación planetaria. Al poco del regreso de Colón, la expedición de Magallanes y Elcano desvelará la redondez del mundo que pronto teorizarán los astrónomos. Dos maneras de nombrar lo mismo, la globalización temprana o el licuado de la Tierra, el girar sobre la superficie del planeta rayándolo con la estela de metales nobles. Una travesía plus ultra que ridiculizaba las gestas narradas por Homero. Una nueva misión religiosa y científica, pura cuestión de Estado. Dejar atrás las dos columnas de Hércules en el estrecho de Gibraltar. Asegurar, como lo hará Bacon en su Instauratio magna, que muchos más serán los que pasarán y así la ciencia se hará más grande. Multi pertransibunt et augebitur scientia: tal es la fórmula del devenir oceánico del saber. Y, en el ámbito político, Hobbes no quiso ser menos explícito.

43. A mediados del XVII, para clausurar la guerra civil y las guerras de religión que por más de cien años asolaron Europa, el soberano tuvo que hinchar el pecho y convertirse en una monstruosa criatura acuática, quizás serpiente, quizás cetáceo, y desbordar el cuerpo de la tierra con su ser marino. Leviatán fue el nombre que recibió, a diferencia del viejo rey que hundía los pies en el sólido empedrado —conocido por Behemoth. Pero como aquél, Leviatán sabrá mantener la unidad. Aunque el carácter de sus súbditos será ahora ciertamente fluido, zozobrante o marino, los muchos podrán ser resumidos en su persona a condición de que los artífices armen la Máquina correctamente. Así Él seguirá siendo Uno. Entonces, coronanda su majestuosa y aberrante figura, la imprenta podrá estampar con moldes tipográficos una cita tomada del Libro por el que todos caen exterminados: Non est potestas Super Terram quae Comparetur ei. Frase bravucona para una ficción política no carente de cruel humor.

44. La zoopolítica, y el aire y el mar y el fuego y la tierra. Entrevemos la posibilidad de hacer girar una historia antropológica y zoomorfa, una historia del anthropos en tanto que computador en sí de animales, alrededor de los cuatro elementos y las aventuras que los persiguen. Carl Schmitt lo hizo a su  manera[2]. Nos animó a buscar el impulso inicial del recorrido espacial de las dos primeras figuras, Behemoth y Leviatán, tierra y mar, en los balleneros y los cazadores. “Ambos abrieron nuevos, infinitos espacios, de los que surgieron grandes imperios. En tierra firme, los cazadores de pieles rusos, siguiendo a sus presas, conquistaron Siberia y alcanzaron por vía terrestre las costas de Asia oriental; en el mar, esos balleneros de los mares del mundo y que, como dice Michelet, tanto contribuyeron al descubrimiento del globo. Fueron ellos los primogénitos de una nueva existencia elemental, los primeros nuevos y verdaderos «hijos del mar»”[3]. Schmitt explicó el pasaje político que estamos comentando, del primado de la tierra al del agua, de un modo bello y original. Nos insta a visualizar la Inglaterra del XVII y comprender la diferencia esencial entre el Londres barroco y la Venecia renacentista.

45. La gloria de la ciudad-estado itálica se debió en un primer momento a las sucesivas Cruzadas de las cuales fue intermediaria. Venecia siempre estuvo en medio, fue siempre un transmutador y enlace que medió, comercial y militarmente, entre Oriente y Occidente. Su última muestra de poderío fue la victoria arrancada en Lepanto (1571), con la corona de Castilla y contra el imperio otomano, en la batalla que dejó mutilado a Cervantes. Por aquellos mismos años, ciertas innovaciones en las artes de la navegación terminaron por decantar el giro de las potencias desde la tierra y sus costas hacia los océanos. Pero la embarcación veneciana no pudo aventurarse por oleajes tan bravos y distantes. A pesar de ser una ciudad atravesada por tantísimos brazos marinos, el suyo no era un imperio náutico, como tampoco lo fueron las polis antiguas, sino costero, anfibio, mediterráneo. El rito del sposalizio del mare nos pone en alerta. El Dogo, que desposa al mar arrojando su anillo de oro al agua, debe repetir la ceremonia cada año, renovar el pacto cada vez, porque tal unión no es evidente: no hay nada natural en este matrimonio. La naturaleza de las olas y los venecianos es heterogénea; ellos, concluye Schmitt, no eran auténticos espumadores del mar, hombres-peces, como los vikingos y los balleneros.

46. En pugna con las restantes potencias atlánticas, fueron los ingleses quienes lograron ponerse a la cabeza del vector que más allá de la desterritorialización comercial costera se expandía hacia el mundo colonial oceánico. Generalizaron en términos políticos el desplazamiento de la costa a mar abierto, una nueva forma de vida marítima, primeramente animada por la piratería[4]. Claro que, para despuntar en el negocio oceánico, Inglaterra tuvo que hacer un duro esfuerzo por ponerse a la altura de las potencias del Sur europeo y Flandes. Debió convertirse en una isla, pues hasta entonces no era más que un minúsculo continente, en cuanto a aventuras náuticas se refiere, muy a la zaga de los imperios rivales.

47. Lo afirmamos en un sentido literal: Inglaterra no era una isla. ¿Y qué lo es? Al regresar de su viaje, Colón todavía calculaba que la superficie acuática no superaba un séptimo del total terrestre[5]. En aquel momento “la Tierra” parecía un buen nombre para el mundo sublunar. Pero no deja de ser paradójico que, siglos después de la primera circunvalación, ahora que decimos vivir en un globo de relieve acuoso en un setenta por ciento, sigamos llamando “continente” a lo seco en lugar de pensarlo como lo que es contenido por lo húmedo, por no mencionar lo ígneo subterráneo o la envoltura aérea[6]. Así fue, en los siglos XVI y XVII la tierra se licuó de verdad. Hay que decir: Inglaterra era un continente y de pronto se convirtió en isla; fue una nación de caballeros y criadores de ovejas, pero algo cambió por aquel entonces. Antes, la poesía imaginaba su geografía como un castillo rodeado por un foso de mar; eso era Inglaterra: una fortaleza para caballeros[7]. La metáfora, medio muerta, pervive hasta la actualidad, repetida por los siglos en los versos de Shakespeare: “esta joya en un mar de plata engarzada, que el servicio de muralla presta”. Pero, una vez entregada a la piratería, el mar dejó de ser para Inglaterra la simple muralla que defendía su posición fija[8]. Ahora era la propia tierra la que debía moverse, levar anclas y partir. Navegar en un nuevo espacio estriado observando unas estrellas que, al fin, serán ellas también reorganizadas según el modelo espacial marítimo[9]. El licuado del mundo hizo del minúsculo continente una isla, y de la isla un enorme barco que debió proyectarse en este mar salpicado de enclaves donde repostar, trazado por las rutas, entre los puntos de la retícula euclídea, dorada y sanguinolienta, del mare liberum[10].

48. En el último tercio del siglo XVI, cuando Inglaterra comenzó a insularizarse y Venecia entró en irremediable decadencia, hizo aparición el tipo de guerra para la cual, hablando con propiedad, haríamos bien en reservar el apelativo marítimo. La introducción de las velas cuadradas permitió una lateralización del arte de la navegación al aprovechar vientos de costado y al amar los flancos con artillería pesada. Bien podemos hablar aquí de la invención de la guerra líquida. Antes de esto, para combatir en el mar parecía necesario arrojar un manto sólido: se lanzaba un puente entre los barcos combatientes, peleando entre ellos, como en un escenario, cuerpo a cuerpo, como se pelearía en tierra firme. Con la lateralización el combate tomó la forma de un duelo a larga distancia, ya no tanto para defender o anexionar posiciones como para apropiarse las líneas de fluidos transoceánicos o bloquear los suministros del enemigo[11]. Tal era el nuevo tablero de juego y las partidas que éste imponía, pero para poder jugar en él era condición sine qua non animar las fichas con los espíritus animales de la vida marina.

49.  Aprender a mirar, imaginar y al fin ver. En lugar de concebir los navíos como suelos a la deriva o trozos de tierra flotantes, Inglaterra descubrió en ellos las formas de vida desterrizadas o acuáticas exigidas por la hidrarquía: “contemplada ahora la tierra tan sólo desde el mar, la isla se convirtió, de pedazo desprendido del continente, en parte integrante de ese mar, en un navío, o más claramente, en un pez”[12]. Pero, ¿cómo pudo ocurrir todo esto? ¿Cómo fue que devino isla y pez o Leviatán, y luego partió por el mar libre para al fin crear un gran imperio marítimo mundial? ¿Como se expandieron esos espíritus de animales marinos y colonizaron las formas políticas?

50. Schmitt respondió a estas preguntas de una manera no muy distinta a la de Weber: todo ello deriva de un foco original que descubriremos en el corazón del calvinismo[13]. La respuesta, nos dirán ambos, está ahí, en el radicalismo protestante, conjunción de oro y marineros, disciplina, contratos y ética del trabajo, que a finales del XVIII conducirá por cierto, de alguna forma no muy clara, a la posibilidad de una Economía Política y al reino del capitalismo industrial, edad ya no de agua cuanto de fuego, calentada por la maquinaria fabril. Sin embargo, el retrato del animal político que aquí buscamos nos ofrece un cuadro un poco más complejo[14]. Enfatizaremos algunas de las vías de entrada a esta bestia que domina el horizonte del siglo XVII. Ella es el resultado de la interconexión práctica y conceptual de ciertos problemas políticos y metafísicos. Hay una serie de relaciones entre las palabras y las cosas que se desmoronan y se rearticulan de formas inusitadas en el XVII. El aristotelismo medieval y el neoplatonismo renacentista son puestos en el punto de mira, y con ellos una serie de ideas y figuraciones. El problema, sin duda, excede por mucho la cuestión de la reforma protestante, y más aún la del calvinismo. En toda su extensión, el devenir oceánico de la política está estrechamente ligado al devenir oceánico del universo.

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Izquierda: Andrés García de Céspedes, Regimiento de Navegación, Madrid, 1606. Derecha: frontispicio, basado en el anterior, de Francis Bacon, Instauratio Magna, Londrés, 1620.[15]

[1] Para una interpretación de la primera globalización del planeta, véase P. Sloterdijk. 2004. Esferas II. Madrid, Siruela.

[2] Desarrolla sus argumentos en C. Schmitt. 2007. Tierra y mar. Un reflexión sobre la historia universal. Madrid, Trotta, y C. Schmitt. 2003. El nomos de la tierra. Granada, Comares.

[3] C. Schmitt, Tierra y marop.cit., p. 36.

[4] “La piratería fue evolucionando desde las clases más altas de la sociedad hasta las clases más bajas, desde los funcionarios estatales de máximo nivel (a finales del siglo XVI), pasando por los grandes comerciantes (de principios a mediados del XVII), hasta llegar a comerciantes de nivel inferior, generalmente coloniales (a finales del siglo XVII), y finalmente al hombre de nivel medio que trabaja en el mar (a principios del XVIII). Cuando esta evolución alcanzó el nivel ínfimo, cuando los marineros ―como piratas― organizaron una sociedad independiente de los dictados de las autoridades mercantiles e imperiales y la utilizaron para atacar la propiedad de los comerciantes (como ya habían comenzado a hacer en la década de 1690), entonces aquellos que controlaban el Estado marítimo recurrieron a la violencia masiva, tanto militar (con la armada) como penal (con la horca), para erradicar la piratería”. P. Linebaugh y M. Rediker. 2005. La hidra de la revolución. Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta el Atlántico. Barcelona, Crítica, p. 182.

[5] De ahí que, en la citada analogía renacentista entre el cuerpo de la tierra y el humano el mar no sea más grande que la vejiga, mientras que los ríos tienen la magnitud de la suma de todas las venas, y la gleba y la roca la de la carne y los huesos.

[6] P. Sloterdijk, Esferas II, op.cit., p. 729.

[7]  C. Schmitt,  Tierra y mar, op.cit., pp. 70-73.

[8] Por el contrario, un panfletista del XVII describirá la creciente armada como “el baluarte de nuestros dominios británicos, la única muralla que protege nuestro país”, en P. Linebaugh y M. Rediker, La hidra de la revolución, op.cit.,p. 175.

[9] La progresiva resignificación del espacio liso marítimo, estriado o matematizado por las coordenadas y en las cartas, antecede al proceso similar que sufrirá el espacio en general visto desde la física y la astronomía.  “El mar es el espacio liso por excelencia, y sin embargo es el que más pronto se ha visto confrontado con las exigencias de un estriaje cada vez más estricto. El problema no se plantea en la proximidad de la tierra. Al contrario, el estriaje de los mares se ha realizado en la navegación de altura. El espacio marítimo se ha estriado en función de dos conquistas, astronómica y geográfica: el punto, que se obtiene por un conjunto de cálculos a partir de una observación exacta de los astros y del sol; la carta, que entrecruza los meridianos y los paralelos, las longitudes y las latitudes, cuadriculando así las regiones conocidas o desconocidas”. G. Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas, op.cit., p. 488.

[10] Acerca de las disputas sobre el mare liberum y la lectura de Schmitt, véase R. Karmy Bolton. 2010. “Mare liberum. La piratería como paradigma de la era global” en Papeles de Trabajo, Año 3, nº 6, Buenos Aires.

[11] C. Shmitt, Tierra y Mar, op.cit., pp. 37-39.

[12] Ibidem, p. 71.

[13] La tesis es conocida: “Este poderoso movimiento religioso, cuyo alcance para el desenvolvimiento económico consistió ante todo en sus efectos educativos ascéticos, no desarrolló la plenitud de su influencia económica mientras no pasó la exacerbación del entusiasmo religioso, cuando la busca exaltada del reino de Dios convirtióse en austera virtud profesional, cuando las raíces religiosas comenzaron a secarse y a ser sustituidas por consideraciones utilitaristas”. M. Weber. 1979. La ética protestante y espíritu del capitalismo. Barcelona, Península, p. 251. Nuestra crítica apunta en dos direcciones, concernientes a los procesos de humidificación y secado. Tanto en un proceso como en otro el protestantismo no sería sino un factor más, y en todo caso ambivalente. Lo relativo a la humidificación u oceanificación del mundo es objeto del presente epígrafe. El secado, o pasaje histórico del agua al fuego, será discutido en el siguiente.

[14] Shmitt pone frente a frente dos series. De un lado la tierra, los jesuitas y la católica Castilla, que representan el retraso. Del otro, el nuevo nomos o devenir acuático que porta consigo la Reforma, y más concretamente los calvinistas ingleses. Para una crítica de esta concepción del protestantismo como agente de modernización, véase H. Trevor-Roper. 2009. La crisis del siglo XVII. Buenos Aires/Madrid, Katz; M. Walzer. 2008. La revolución de los santos. Buenos Aires/Madrid, Katz;  y, J. Cañizares-Esguerra. 2006. Nature, Empire and Nation. Stanford, Stanford University Press. El primero argumentará que la crisis y la salida de la misma fue un fenómeno europeo en general, independiente del clero que impusiese en cada país el cuius regio eius religio. El problema político será: aplicar a los estados, que los príncipes han centralizado al final del renacimiento, la forma de gobierno que al principio del mismo había caracterizado la gestión de las ciudades-estado. En Inglaterra, por ejemplo, no serían los puritanos de Cromwell quienes implementarían dicha reforma, sino los mercantilistas que terminaron por hacerse fuertes con la restauración monárquica, y que al igual que otros la llevaron a cabo, con mayor o menor éxito, en Francia, España, etcétera. En el plano de las ideas, tampoco fue el puritanismo el motor del cambio. Aunque ciertas ciudades calvinistas se convirtieron en refugio de las sucesivas Repúblicas de las Letras, sólo dieron sus mejores frutos en los momentos en que la vigilancia e inquisición ―tan letales las protestantes como las católicas― perdieron fuerza y se relajaron. Walzer, por su parte, pone en cuestión la prefiguración por la ética protestante del espíritu capitalista en su aspecto ético. No por casualidad la movilidad, el individualismo, el ingenio o curiosidad eran temidos por la congregación de santos; tampoco será el ánimo de lucro, por más que tolerado, aquello mirado con buenos ojos o impulsado con mayor razón por la teoría de la predestinación que por aquello que, de la mano de Foucault, veremos en el próximo epígrafe: la policía. Lo más que puede afirmarse, es que el calvinismo colaboró a preparar cierta disciplina para el trabajo sistemático en oficinas, fábricas y negocios. Pero esta disciplina, como veremos, dista mucho de ser exclusiva del bando protestante. Por último, centrándose en el plano de la ciencia, Cañizares-Esguerra cuestiona la narrativa en su conjunto. Considera que la explicación habitual privilegia los países del Centro y del Norte europeo obviando las aportaciones del Sur continental y sus colonias. Para operar dicho olvido han de privilegiar la astronomía, la física y las matemáticas sobre la historia natural o la cartografía, en la que despuntaba la península ibérica. Articulando la doble oceanización de la política y el cosmos, a partir y en contra de Schmitt, estamos pretendiendo cruzar ambos vectores. En definitiva, al leer así las cosas, el protestantismo no es más que una de las respuestas dadas a una problematización general, que en ciertos aspectos favoreció y en otros bloqueó el paso elemental de la tierra al agua (siglos XVI-XVII) y luego del agua al fuego (XVIII-XIX).

[15] Para una intepretación conjunta de las dos imágenes, y la importancia de las ciencias náuticas ibéricas en el siglo XVII, véase, J. Cañizares-Esguerra, Nature, Empire and Nation, op.cit.

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