Capitulo II

2.2. DE LA MAQUINACION DE LO VIVO CON LO INERTE.

32. Nos hemos propuesto rastrear agenciamientos. Mencionamos en el capítulo precedente el bloque de devenir avispa-orquídea-hongo con el se crea un concierto de partes o maraña de ser. Al suscribir este concepto realizamos una apuesta ontológica. Nos arriesgaremos a decir que ser es agenciar. A la potencia que mueve este infinitivo la hemos llamado amor-entre-especies. Nada que ver con la abertura y el dasein de Heidegger. Ninguna distinción que estabilice fronteras y mantenga una distancia congelada entre las piedras carentes de mundo, los animales pobres de mundo y el humano ser-en-el-mundo[1]. El animal humano es inhumano, demasiado humano. Pero sabemos que las conexiones nunca tienen fin, que en un punto se cruzan mil reinos. Aunque no todo se agencia con cualquier otra cosa para crear una maraña ―ya que así como algunos cuerpos se atraen, otros se repelen― los elementos en los que se puede descomponer un agenciamiento son virtualmente infinitos. El bloque comentado puede dividirse analíticamente en tres, empero, cada uno de ellos, el componente vegetal, el insecto y el hongo, siendo uno son muchos.

33. Hay que pensar como las setas y como los demonios. Pensamiento demoníaco = Legión. La maraña, el ser del agenciamiento es una multiplicidad, entendida como sustantivo, o mejor, como infinitivo, como un casi sustantivo pero inacabado siempre, no finito, sin finitud. La tarea asignada a la analítica de los agenciamientos será la de seleccionar los elementos significativos que permitan precisar el infinitivo. Como en la metodología de cazadores propuesta por Ginzburg, seguimos los indicios de filum maquínicos en la historia zoopolítica[2]. ¿De qué modo? La propuesta de Weber nos parece oportuna: no partir de la interconexión actual de las cosas, sino de la interconexión conceptual de los problemas[3]. “Aprender a reconstruir las formas y los movimientos de las piezas de caza no visibles, por medio de huellas en el barro, ramas quebradas, estiércol, mechones de pelo, plumas, concentraciones de olores”[4]. La interconexión de las preguntas acerca de cada dato, convertido en rastro en el escenario de la selva, determina para el cazador su problema.

34. Pongamos un ejemplo, que tomamos otra vez del vasto repertorio de Mil Mesetas: el problema del feudalismo. Esta vez introducimos objetos manufacturados para hablar del bloque de devenir hombre-caballo-estribo, o la galaxia que vertebra a los campesinos y los equinos con los arados pesados, los nuevos arneses y las herraduras de clavos que hicieron posible el “caballo de fuerza”. Estas últimas articulaciones permitieron sacar un mejor partido de los cultivos, incrementar también la velocidad de los desplazamientos y la cantidad a cargar en las carretas. Los mercados cobran vigor al mejorar la siembra y el transporte, al poder distanciarse el labrador de la tierra, agrupándose en las florecientes aldeas y urbes, donde además dispondrá de tabernas e iglesias y si acaso empalizadas tras las cuales defenderse[5].

35. El estribo no es menos importante. Posiblemente llegó de China a través de los nómadas de la estepa asiática, siempre con usos distintos según la maraña que se forme con la tierra, el animal, etcétera. Esta pequeña pieza metálica permitió liberar una mano para pertrecharse tras un escudo y con la otra asir una lanza más larga. El caballero se convirtió en algo temible. Realmente no era humano, no solamente. En su cuerpo se compusieron potencias heterogéneas: “forma con su montura una unidad cinética y puede explotar a fondo la fuerza de impacto de su caballo lanzado al galope”[6]. De esta variedad de hombres-caballo ensamblados con las herraduras, la silla y el estribo, surge una aristocracia militar. Si con anterioridad todo hombre libre podía responder a la llamada bélica, ahora sólo unos pocos tendrán derecho a hacer la guerra. Los caballos son caros, las armaduras y las armas no lo son menos. Se reorganizan las tierras, la maquinaria de recaudación de impuestos, se arman los feudos y sus “guerras privadas” dan al traste por un tiempo con las aspiraciones cesáreas de los reyes. Tales serían las respuestas a la interconexión problemática. Pero entre el caballo, las herraduras y los estribos, la tierra y los hombres, hay mucho más.

36. Insistimos: nunca la facticidad de un objeto tecnológico determina sus usos, pues antes debe ser forjado para él su propio significado, polisémico, y los significados en los cuales el artefacto será empleado. Así, a pesar de que los nómadas cabalgaban por las estepas sobre estribos, jamás los maquinaron para formar feudos: lo suyo fue más bien un ejército-imperio en constante desterritorialización. Reiteramos nuestra intención: interconectar problemas para dar sentido a la actualidad de la distribución de las “cosas”. El feudalismo en concreto resulta de una larga y peculiar composición de cuerpos y enunciaciones[7]. Para ser efectiva su receta debe darse cierta mezcla oportuna y exacta con el cuerpo de la tierra, los cuerpos aldeanos, los caminos, los mercados, las masas de impuestos; el cuerpo del vasallo, del siervo, del feudo, de la aristocracia ecuestre y las guerras privadas, también con el cuerpo del soberano que se convierte de esta manera en “señor de señores”; y no menos importante: la mezcla libidinosa en el cuerpo de los amantes, caballo mediante, que inventa un nuevo tipo de amor.

37. Junto con el equino, los torneos, las damas, los juglares y al fin con la literatura aparece el amor caballeresco, cuando menos otro ménage à trois con el animal. “La necesidad de dar al amor un estilo noble encuentra en todas las manifestaciones de la vida un ancho campo donde desplegarse: en el trato cortés, en los juegos de sociedad, en las diversiones y los deportes”[8]. El hombre, la mujer y el caballo entran en una nueva relación que hace que todos ellos se modifiquen. “El sueño de la heroicidad por amor, que llena y arrebata el corazón, crece y se desarrolla como una planta exuberante”[9]. Los hombres, clavados a los estribos, duermen montados en sus caballos. Sueñan, libidinosos, con las mujeres a las que impresionarán en los torneos, o caerán seducidas por los cantos que los juglares y trovadores les dedicarán a ellos, en tanto que compasivos pero letales, leales, diestros y justos caballeros andantes. El amor, una vez más, así como el odio, la razón y locura, está a caballo de lo humano y lo animal… y las máquinas.

38.  ”Y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras de sí al caballo y al caballero, que fue rodando por el campo”[10]. Adentrémonos en el siglo en el que nace la bestia mecánica a la que queremos dar caza. A comienzos del XVII pretender conquistar a Dulcinea, hacerse digno de su amor deshaciendo entuertos y combatiendo gigantes maléficos, sólo cabe en la cabeza de un loco y pobre hidalgo que, por lo demás, las únicas noticias que tiene de aquel ideal le vienen de unos cuantos libros viejos, casi tan empolvados como las armas que hereda de sus bisabuelos[11]. Pero la locura del Quijote no tiene tanto que ver con las gestas emprendidas, como con creer que el orden del mundo aún dispone de un sitio para ellas. En el famoso pasaje de los molinos, Foucault vio desmoronada una entera ordenación del saber: “Don Quijote esboza lo negativo del mundo renacentista; la escritura ha dejado de ser la prosa del mundo; las semejanzas engañan a la visión y al delirio [...] el lenguaje rompe su viejo parentesco con las cosas para penetrar en esta soberanía solitaria de la que ya no saldrá, en su ser abrupto, sino convertido en literatura”[12].

39. En los siglos XV y XVI la naturaleza se presentaba como una legenda, algo que leer, objeto de la hermenéutica y el comentario. El saber es una interpretación de las signaturas; el signo y lo que el signo designa son de la misma naturaleza y casi lo mismo. Así, un buen renacentista descifrará las palabras del libro de la naturaleza a partir de un juego de semejanzas que le hará decir, por ejemplo, que la planta es una animal invertido cuyos nutrientes suben desde del fondo por el tallo a la cima, y que el humano se asemeja a la tierra que habita: “su carne es gleba; sus huesos, rocas; sus venas, grandes ríos; su vejiga, el mar y sus siete miembros principales, los siete metales que se ocultan en el fondo de las minas”[13]. Pero, en el abigarrado barroco, los signos resultan equívocos. Incluso, como Descartes, hay que poner en duda la evidencia de máximas como el cogito ergo sum, para refrendar esta verdad interior en el reconocimiento de una lógica trascendente e inasequible[14]. La semejanza es relegada entonces a los márgenes, como producto de la imaginación o la locura y las dos cosas a la vez. Al fin y al cabo, en el segundo volumen el Quijote es el protagonista de su propio libro: protagoniza las aventuras que ya han sido escritas, para divertimento tanto de los lectores como del resto de personajes que están en una novela que de antemano han podido leer. Bodas de la imaginación y la locura: “Largo grafismo flaco como una letra, acaba de escapar del bostezo de los libros. Todo su ser no es otra cosa que lenguaje, texto, hojas impresas, historia ya transcrita”[15].

 

40. En secreto, el hidalgo ejemplifica lo que será un signo en el XVII. Al igual que del soberano construido por Hobbes, del signo se dirá que “es necesario que represente, pero también que esta representación, a su vez, se encuentre representada en él”[16]. Como en Las meninas de Velázquez. Allí vemos en escena al pintor y el cuadro que éste plasma en el lienzo ―es decir, al sujeto representador y al objeto de su representación―, pero sólo a condición de que en ese preciso instante el pintor no esté dando pinceladas. En caso contrario desaparecería tras el marco, escondido a la mirada del espectador. A la pregunta qué es un signo en el siglo XVII, hay que responder: aquello que representa y que, estando contenido en su representación, imposibilita la propia representación de su acto representador. Cuando el signo ya no es de la misma naturaleza de lo que designa, y se duplica en los juegos de la representación, las similitudes se vuelven sospechosas. De ahí que siempre haya que acudir a las leyes de lo infinito, a lo venido de fuera, a lo absoluto, aquello que queda fuera del cuadro pero no obstante lo hace posible. Esto es lo que el Quijote no comprende. Si su mirada falla es porque interpreta lo que ve con la grilla analítica de un mundo pretérito, provocando la carcajada.

41. El hidalgo expresa un doble anacronismo en sus palabras y en sus actos. Sin duda, las proezas del San Jorge medievalizado hacía tiempo que habían sido eliminadas. Pero hay algo en lo que el caballero no se equivoca. Es Sancho quien no lo consigue comprender, o tal vez lo haya olvidado. Los monstruos son de verdad. Tiempo atrás, los molinos de viento llegaron a La Mancha para reclamar las tierras y desalojar de los campos la heroicidad galopante. Importados de los árabes hacia el año mil, fueron dispuestos alrededor de unas ciudades cada vez más grandes y poderosas, como una batería energética, favoreciendo las alianzas de los burgueses y la monarquía en detrimento de la nobleza feudal[17]. Don Quijote no erraba al identificar los molinos como sus enemigos. Su única demencia, el melancólico anacronismo. Se negaba a aceptar que la tierra hubiese sido pulverizada al ser venteada por estas máquinas. Peor aún, no era capaz de asimilar el hecho de que, cuando esos mismos vientos fueron aprovechados en el mar, los caballeros cayeron heridos de muerte. El fuerte vendaval con el que los inventos náuticos hacían máquina lo barría todo, incluida la propia tierra, arrastrándola a la deriva o enrutada, reconfigurando el espacio dominante de lo humano, de tal suerte que, en el 1605, el ingenioso hidalgo ya no pisaba la gleba sino el polvo de un enclave perdido en los mares. La Tierra, el planeta por el cual vagabundeaba demente el fantasmagórico hazmerreír del pasado, se había licuado.

 

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[1] M. Heidegger. 2010. Carta sobre el humanismo. Alianza, Madrid.

[2] Para una propuesta de rastreo de los fylums, véase M. de Landa. 1991. War in the Age of Intelligent Machines. Nueva York, Zone Books.

[3] M. Weber. 2009. La objetividad del conocimiento en la ciencia social y la política social. Alianza, Madrid. Para un desarrollo de esta propuesta, leída en clave foucaultiana, véase P. Rabinow. 2003 Anthropos Today. Reflections on Modern Equipment. Princeton, Priceton University Press.

[4] C. Ginzburg. 2008. Mitos, emblemas, indicios. Barcelona, Gedisa, p. 193.

[5] Seguimos la argumentación del clásico de L. White. 1984. Tecnología medieval y cambio social. Barcelona, Paidós,  que así mismo es la fuente utilizada y reinterpretada por Deleuze y Guattari en Mil mesetas, op. cit.

[6] O. Cabat. 2008. “La caballería” en F. Châtelet y G. Mairet (eds.), Historia de las ideologías. Madrid, Akal, p. 287.

[7] Véase, G. Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas, op. cit., pp. 93; G. Deleuze y C. Parnet. 2004. Diálogos. Valencia, Pre-Textos, pp. 79-82.

[8] J. Huizinga. 2005. El otoño de la Edad Media. Alianza, Madrid, p. 102.

[9] Ibidem.

[10] M. de Cervantes. 1995. Don Quijote de la Mancha. Vol I. Madrid, Cátedra, p. 146.

[11] “Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón”. M. de Cervantes, ibidem, p. 101.

[12] M. Foucault, Las palabras y las cosas, op.cit., pp. 54-55.

[13] Ibidem, p. 30-31

[14] “Puesto que yo dudaba, no era mi ser del todo perfecto, pues advertía claramente que hay mayor perfección en conocer que en dudar, y traté entonces de indagar por dónde había yo aprendido a pensar en algo más perfecto que yo; y conocí evidentemente que debía de ser por alguna naturaleza que fuese efectivamente más perfecta”. R. Descartes. 2000. El discurso del método. Madrid, Alianza, p. 109. Uno puede dudar de su propia existencia por cuanto sólo sabe de ella por sí mismo y por tanto de manera imperfecta, pero la idea un ser más perfecto que uno queda fuera de toda duda, pues tal idea ni puede venir de la nada ni de sí mismo, sino de esa mayor perfección. En este dilema resuelto puede resumirse el problema de la representación en el XVII. La sospecha ha de buscar la verdad en el interior pero siempre en virtud del infinito que lo posibilita, y las leyes que requieren y gobiernan ese propio infinito. De ahí que pueda hablarse de una duplicación del signo en lo finito y lo infinito, y de una inexistencia del hombre como objeto autónomo de reflexión, pues su finitud queda supeditada a la razón de lo infinito.

[15] Ibidem, p. 53.

[16] Ibidem, p. 70.

[17] O. Cabat, “Las cruzadas: la guerra y la paz” en F. Châtelet y G. Mairet (eds.), Historia de las ideologías, op.cit., p. 275.

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