Capitulo II

2.1. DEL NACIMIENTO DEL GRAN ANIMAL MECANICO.

29. Temible, quizás. Un animal que no lo es, pero lo es. Aventurados nos deslizamos por sus entrañas. Una consigna metodológica: permaneced, avanzad a través de Él, recorredlo de cabo a rabo, como quienes acceden por una vía abierta entre los colmillos para salir expulsados por la acción del recto, con brusquedad. ¿Adónde? Hasta la Ilustración. Diremos que aun sin abandonar el cuerpo de este animal vemos pasar el Absolutismo, vemos como la carne se abre para excretar las Luces, vemos como salen de allí los rayos en un arco iris sonoro de flatulencias que confiesan la avería del ancien régime. Bataille tenía razón. Está claro que el mundo es paródico. Demostración por el ano solar: aunque su agujero es la noche, sólo la visión de su círculo es tan cegadora como la del sol[1]. Enlace secreto de la metafísica del sexo y la reproducción. Son tres las key words con las que trabaja el extraño animal que ahora retrataremos:  metafísica, política, parodia.

30. Viajamos dentro de esta bestia, siempre a lo largo. ¿Y qué es lo que pasa? Con un salto ágil nos subimos a la cabeza cortada al inglés Carlos I. Tomar impulso. Saltar de nuevo, de cabeza en cabeza. Queremos llegar hasta el París que da el adiós al siglo XVIII, contemplar la testa regia antes de que reciba la guillotina que la hará rodar por el suelo. Así termina el linaje de un soberano que se quiso tan importante como el astro quieto. Pero el Rey Sol vivía en penumbras. Su luz no era más que un candil prendido en la infinita y oscura cavidad del animal político que nace con el Barroco. Paralelismos con la arquitectura y el arte del momento: el ideal de una marmórea habitación negra iluminada por orificios que no dejan ver el exterior; el recurso al trompe-l’œil que hace que todo ―con independencia de la perspectiva― pueda ocurrir en el interior, aunque no sin sospecha, como el cogito de Descartes, como el edificio mental de Leibniz: la mónada o la autonomía del interior, el juego de los infinitos o la independencia de la fachada que es un exterior sin interior; también un nuevo régimen de luz y colores, extraídos en el ocaso del Renacimiento por Tintoretto y Caravaggio desde una oscuridad negruzca y rojiza que suplanta la antigua base de tiza blanca; y un nuevo régimen de representación, esquematizado por Velázquez en Las Meninas, donde, por cierto, tampoco vemos de dónde vienen las Luces que permiten tal representación[2]. La imposibilidad de representar la representación o el problema de la caña pensante que es el hombre según Pascal, perdido, descentrado, en la encrucijada de dos infinitos: de inmensidad y de pequeñez, intuidos por el telescopio astronómico y el microscopio, ambos patentados al iniciarse el XVII. He aquí el problema metafísico del animal que nace con la nueva ciencia y la razón de Estado, que se extienden con los avatares del siglo y transforman irremediablemente la faz de la soberanía.

31. Avanzamos por las entrañas. Siempre en esta bestia, que es animal sin serlo, que es universo, que es monstruo, que es técnica y máquina. Lo transitamos apartando de nuestro camino un montón de palancas, ensordecidos por el rechinar de los engranajes ―¡Qué extraño animal es éste!―, nos abrimos paso echando a un lado pilas de ruedas dentadas, esquivando los resortes en esta selva de fibras, válvulas, poleas y bombas neumáticas. Entre el siglo XVII y comienzos del XIX, si acaso un poco antes, pero no mucho después, el diseño de interiores ontológico presenta este cuadro mecánico. La historia pasa por un escenario tal que así, o mejor, la historia pasa por este monstruo estando embarcada en Él. Mares, bestias, navíos, oleajes. La humedad acelera el proceso de putrefacción en el intestino de la bestia. Se echa a perder rápida la Revolución Inglesa, la verdadera revolución, y sus consecuencias. Los tiempos se aceleran. El significante se desplaza bruscamente hacia el fondo, eclipsado por los torrentes que cien años después llegan por doquier y se dirigen al Norte americano, golpean en Francia y justo después baten también en Haití y todo el continente europeo. Así comienza la llamada “Era de las Revoluciones”, empleando viejas palabras para nombrar cosas nuevas, pues la revolución ya no es la Revolución, y todavía estamos dentro de “él”, del monstruo, pero él tampoco es Él. Sigue siendo un animal mecánico, lo cual no impide que sea de otra especie. ¿Por qué no llamarlo Leviatán? He aquí el problema político. En cualquier caso, sabemos que a finales del XVIII y comienzos del XIX una serie de acontecimientos alteran los términos del problema. Nuestro animal jamás es igual a sí mismo. Se desfigura. Tritura su propia carne en sus ruedas. ¿Cómo? Introduzcamos cierto matiz paródico. No carente de humor esta bestia, la suya es una crueldad extrema. Pero antes, un segundo apunte metodológico.

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[1] G. Bataille. 1997. El ojo pineal. Valencia, Pre-Textos.

[2] Para una interpretación filosófica del arte y la arquitectura barroca, véase G. Deleuze. 1989. El pliegue. Leibniz y el Barroco. Barcelona, Paidós. Acerca de Las Meninas de Velázquez y el problema de la representación, M. Foucault. 2006. Las palabras y las cosas. Madrid, Siglo XXI.

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