1.4. DE LA REVOLUCION COMO MASA QUE SE AMASA
[Versión 0.1]
Proposición tercera. Cuatro grandes modelos de revolución a lo largo de la historia. La primera, la Revolución Gloriosa en Inglaterra, todavía no se había librado del modelo cíclico que inspiraba en su origen el concepto. La segunda, la Gran Revolución, como la francesa o las americanas, desplegaron este círculo en la línea de un tiempo rectilinio signado por la idea del progreso. Ellas son la antesala de la dialéctica, de las clases sociales y la división en dos del cuerpo político, de la creación de una nueva dimensión vital que será conocida a partir de la primera mitad del siglo XIX como “lo social”. La Revolución Social sería el tercer modelo. Pero hace décadas que ha agotado su potencia al entrar en crisis lo social y emerger otra dimensión distinta, “lo global”, a la cual corresponde el modo de vida en micelio. La revolución global está todavía por venir. Hasta ahora, tímida, no ha hecho más que insinuarse e improvisar sus primeros pasos. De ella no sabemos casi nada, tan sólo, quizás, que ya no será circular, ni necesitará decapitar las carnes, tampoco trocará una esfera social para poner otra en su lugar. Ni líneas rectas unidireccionales ni reemplazo de círculos funcionales, por tanto. Su modelo es más bien el de la tierra batida. La revolución seguirá siendo de masas. Pero más bien la de una masa que se amasa.
23. Una red de migrantes africanos a lo largo de New York se reúne en el mercadillo de Harlem, en la 125th Street, para vender las tradicionales y coloridas togas kente. Pero, ¿realmente qué es lo que venden? En el África Occidental el kente era un símbolo de riqueza y prestigio, se cosía a mano con hilos de seda brillante y delicada. En los años sesenta y setenta, de Martin Luther King al partido de los Panteras Negras, el movimiento estadounidense por el Black Power quiso extraer al continente originario de su larga penumbra. Lo ubicó en el centro simbólico del black pride afro-americano. Las personalidades de la comunidad negra se enrollaban sus tejidos kente. Entonces, la demanda se extiende y desdiende hasta sectores que no pueden pagar las importaciones de Ghana. En los ochentas un asiático de New Jersey comienza a producir kente impreso, mucho más barato. Surge lo que se llama la versión “New Jersey”. La noticia llega a Ghana, donde no triunfa, pero sí que lo hace en Togo. Desde allí se exporta hasta New York la versión “Togo” de la versión “New Jersey”, aún más barata. Pero la historia se complica. Entonces los empresarios del Chinatown de la Gran Manzana viajan hasta África para comprar el producto en bruto. Finalmente, los vendedores afro-americanos de Harlem compran la versión de la versión de la versión kente producida en África, importada por un comerciante coreano y terminada de coser en las maquilas del Chinatown neoyorkino[1].
24. De ninguna manera ha de confundirse lo global con lo que un día fue llamado lo universal y alineado con la posibilidad de una paz perpetua. Comprendidos los humanos desde el punto de vista del micelio, observado el planeta en tanto que bola confusa de turbulencias, entendido el subsuelo como océano carnavalesco y la vida como dramas de odio y amor entre-especies, las mezclas planetarias de lo líquido y lo sólido nos devuelven la imagen del planeta como una masa, resultado del movimiento de su echarpe aéreo, del núcleo viscoso de fuego, los ciclos del agua y la plasticidad de la tierra. Como en una masa de grano heterogéneo, los elementos se mezclan y amasan obligándonos a pensar el todo y las partes de otra manera. Sin perjuicio para la diferencia, la labor del panadero se burla de los prejuicios postfordistas contra lo que es homogéneo: “la inmensa e inesperada, razonable y racional, evidente pero oculta, sabia e ingenua lección del átomo de harina nos enseña que para unificar una globalidad homogénea, tienen que moverse caóticamente múltiples pequeños lugares diversos”[2]. Los átomos que se amasan tejidos en el kente encuentran su lugar en la jerarquía africana, luego en la revuelta negra americana, se rearticulan con otras técnicas y significados hasta llegar a Toga, y terminan volviendo como un boomerang tras haber pasado por innumerables manos, sin dejar de encontrar lugares propios a cada paso, identidades varias que envuelven los cuerpos de hombres negros y de otras tonalidades. Resultados imprevistos, transformaciones caóticas; nada nuevo pero mucho más rápido, tanto que el punto se convierte en línea difusa. Lo global se constituye así, a partir de los lugares, de las vidas locales que se mueven, y al moverse y mezclarse. Surge de esta manera una simplicidad global en el amasado de localidades complejas, que se desterritorializan sólo para crear territorios allí donde por un momento han venido a pararse. Esta es a la única “universalidad” que podemos pensar hoy, completamente ajena a la paz perpetua.
25. Esta es la única globalidad en sí y para sí conforme a la disidencia, leída en clave de rizoma o micelio, del ser-en-todos-partes. Es cierto que entre las filas de los alterglobalizadores no faltan humanistas ―los que se refieren a los humanos con palabras domesticadoras que nos asimilan a las reses y al ganado: hablan del género humano[3]― incapaces de comprender que más allá de las Luces ha habido otras iluminaciones, tantas otras modernidades… El “proyecto moderno”, que jamás ha existido en tanto que plan unificado, ve como se apagan sus alumbramientos universales en el resurgir de una nueva versión atea de cierta cosmogonía sincrética, antigua, muy antigua. La historia restituye la dignidad de aquel molinero de Ginzburg, ajusticiado por la Inquisición en el siglo XVI. Menocchio echaba por tierra la Providencia y el argumento del designio, que aún será defendido por las principales voces de las sociedades científicas del siglo siguiente. Aquellos dirían que lo que es ha de tener su razón de ser; que los órganos de cualquier animal se adecuan a la función designada por el plan divino; que el cambio ha de ser explicado por la providencia. Unos dirán que Dios, el relojero del mundo, tiene que darle cuerda de vez en cuando, pues sólo la perfección está libre de ser supervisada y regulada; otros creerán en la providencial armonía preestablecida. Esta será la gran discrepancia entre Netwon y Leibiz. Pero el molinero veía en el caos la causa primera y eficiente. Nada de relojes divinos. Al principio no había más que algo indiferenciado: la tierra, el agua, el fuego y el aire, todo junto. Y al moverse el caos formó una masa. Menocchio comprendía el mundo como un queso, que puede parecer homogéneo, y lo es, pero no desconoce que de esta simple regularidad es capaz de surgir lo más diferenciado. Ante el Tribunal de la Inquisición expuso su teoría: el movimiento del caos batió la masa, “como una espuma del agua del mar, y se coaguló como un queso, del cual luego nació gran cantidad de gusanos, y esos gusanos se convirtieron en hombres, de los cuales el más poderoso y sabio fue Dios”, quien estando hecho del caos existe desde siempre, eterno con el caos, “pero que [entonces] no se conocía ni estaba vivo”[4]. A decir verdad, la propia cosmogonía era una mezcla viajera. Resulta difícil seguir sus rastros. Sea como sea, esta narración, que por la vía de la masa fermentada intenta explicar el aumento de densidad de la nebulosa que formaría nuestro planeta, se encuentra escrita con palabras similares también en el libro de Vedas[5].
26. La masa que se amasa. Masa de hifas, cómputo de conexiones, micorriza del suelo con el aire con el subsuelo. Los movimientos políticos del micelio hacen proliferar con paciencia sus redes subterráneas y reptan a la superficie sabiendo que pronto tendrá que desaparecer para volver más tarde, pues la superficie, todavía difícilmente respirable, es un terreno al que sólo se puede acceder a costa de hacerlo conteniendo el aire. En el tiempo crítico o kairós es como la política del micelio funciona como una bola de nieve inteligente, que decide rodar y seguir mezclando en su cuerpo más y más copos, o destrozarse contra un saliente rocoso para que los mil pedazos se pongan de nuevo a girar, ahora en otras direcciones y con renovada autonomía. Cada vez que sus activistas viajaron para congregarse ante el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el G8 o el G20, repitieron una y otra vez lo que de poco en poco se fue haciendo primero creíble y ahora irrefutable, que, en efecto, “we are everywhere“[6]. A finales del 1999, en Seattle, los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes duraron horas. Los enmascarados atacaban en éste y aquél punto del downtown y luego se dispersaban por las calles. Practicaban la táctica del hit-and-run, o muerde-y-hulle, la del tigre y el elefante, más parecida al arte de la guerra de Sun Tzu que a los árabes de Lawrence. Pero realmente, el black block tan sólo era una de las muchas tácticas que, simultáneas, tomaron la ciudad hablando en tantos idiomas políticos como lenguajes se podían escuchar en las calles cosmopolitas de la capital de Microsoft, Boing, Starbucks y Nirvana. Cada vez que los encapuchados se retiraban, sacaban de las mochilas sus sprays. Tenían razón al escribir en las paredes “we are winning”. También es cierto que, con la ayuda del resto de bloques y estrategias, lograron algo insólito: parar la cumbre de la Organización Mundial del Comercio, convertir el suceso en una noticia global, y la noticia en un acontecimiento, al dar el pistoletazo de salida a un movimiento que, no obstante, se había fermentado de poco a poco a lo largo de la década de los noventa[7].
27. Muchos criticamos la dinámica de las contracumbres. Dijimos que no hacíamos más que ir allí donde los enemigos nos llamaban, siguiendo el calendario que ellos mismos marcaban. Y aunque no deja de ser verdad, también lo contrario es cierto, ya que esta es una de las maneras por las que se expande el micelio. Cada contracumbre fue una yema; cada centro de convenciones y acampada, un punto en la coordinación en la red de esquejes. Cada boom en el juego del espectáculo mediático, un insumo de energía que fluía por los cordones rizomorfos que comunican el subterráneo y la superficie. Por este medio, allí donde fue, la política del micelio impuso sus formas y normas. Allí donde plantó batalla, los medios reprodujeron su mensaje. Extrema visibilidad seguida de momentos de opacidad en el subsuelo. Políticas del underground. Lo importante es la extensión y el fragor que allí abajo se da. En movimientos como el #15M, y más aún Occupy Wall Street, nos damos cuenta de cómo ha sido batido y transformado el territorio. Las dinámicas asamblearias, el gestual lenguaje de mudos como técnica para las asambleas, el conocimiento y la crítica divulgada acerca de las organizaciones transnacionales, la dimensionalización global de los problemas, la impregnación de las formas y normas de las network politics, ofrecen su testimonio al respecto. Aprender de los hongos, de nuevo, para pensar el problema de la continuidad de los movimientos. Hay quien piensa en vertical y en círculos, y quien ha sido poseído por las setas. Contándonos entre estos últimos, para nosotros lo primordial no es armar un gran autómata y vigilar que nadie lo derribe, asegurar la presencia de un portavoz mecánico que sea claramente discernible, delimitado y visible en todo momento, y que esté siempre asequible para ser consultado acerca de cuál es su postura respecto a tal y cual cuestión. Tan importante o más que este tipo de megafonías permanentes, es el reto de extender el subterráneo, el micelio de los cualquiera, sus extensiones rizomorfas que lo conectan aéreamente con la superficie. Pensamos como topos artificieros. Para nosotros, lo primordial es hacer que las ascensiones sean cada vez más recurrentes y poderosas, acelerar el batido de las tierras. Para ello, en su devenir aéreo el micelio y las adventicias han de dejar huella, modular el territorio, tirar nuevas líneas cartográficas, desterritorializarlo; o dicho de otra manera: en sus ascensiones, el poder constituyente del micelio ha de tornar el arriba y el abajo cada vez más indiferenciados.
28. La revolución opera ahora por batido de las tierras y no por decapitación en la guillotina de la carne verticalmente coronada. Tampoco por la suplantación de un organismo circular por otro, eso que un día se llamo “lo social“, habitualmente considerado como algo ancestral, aunque realmente lo vio nacer el siglo XIX (ver capítulo II). La estrategia del micelio es la con-fusión. “No somos de izquierdas, tampoco de derechas, somos los de abajo ―dicen― y vamos a por los de arriba”. Que el subterráneo del micelio venga a colonizar el mundo arborescente que domina la superficie, ésta es sin duda la confusión que más temen. No lo pueden entender, no tienen ojos para verlo ni nariz para soportar los aromas del amor entre-especies. La oscuridad da rienda suelta a la pesadilla del más tenaz sectario y gobernante. En sus pesadillas, el sacerdote observa impotente como su rebaño se descarrilla confundido. Cuando al caer el muro de Berlín los neocon y los neoliberales cantaron a dúo la muerte de Marx y el triunfo del capitalismo, no ocultaron sus miedos: “la forma que pueda adoptar un desafío de izquierdas a nuestro actual liberalismo puede ser muy diferente de lo que estamos acostumbrados en este siglo. Probablemente se pondrá el traje del liberalismo al tiempo que cambiará su significado desde dentro”[8]. El gran temor: que avancen los ejércitos del enemigo y no sean capaces de verlos venir, la invisibilidad, o dicho con Lawrence, “la amenaza silenciosa de un vasto desierto desconocido”. ¿Cómo podrán estos cazadores de brujas atraparlas si ya no saben qué pintas tienen? ¿Cómo podrán seguir justificando sus sueldos? ¿Qué es lo que debe perseguir ahora el nuevo Comité de Actividades Anti-Americanas? Lo uno se deduce de lo otro: cuando la revolución toma el camino de la confusión, la confusión protagoniza las pesadillas del pensamiento anti-revolucionario. Sea de izquierdas o no, esta forma invisible es el micelio. Estas políticas travestidas y peligrosas, son las del 15M y las del batido de su revolución.
[1] P. Stoller. 2009. The Power of The Between. Chicago, The Chicago University Press.
[2] M. Serres. 1995. Atlas, op.cit., p. 100.
[3] Sloterdijk. 2011. “Reglas para el parque humano” en Sin salvación. Tras las huellas de Heidegger. Madrid, Akal, p. 197-220
[4] En C. Ginzburg. 1997. El queso y los gusanos. México D.F., Muchnik Editores, p. 103.
[5] Ver C. Ginzburg, op. cit. y P. Sloterdijk. 2006. Esferas III. Espumas. Madrid, Siruela, p. 36-42.
[6] Notes From Nowhere. 2003. We are Everywhere. The Irresistible Rise of Global Anti-Capitalism – New York, Verso. Website: http://www.weareeverywhere.org
[7] Sobre la contracumbre de Seattle como acontecimiento, M. Lazzarato. 2006. Por una política menor. Acontecimiento y política en las sociedades de control. Madrid, Traficantes de sueños.
[8] Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, pp.397.
[9] Véase A. Badiou, ¿Se puede pensar la política?
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